martes, 1 de diciembre de 2015

EN EL PARQUE

Alguien dijo una vez–no sé quien–que en los parques recreativos la gente se sienta en las bancas no a leer, sino a recordar.

A esta hora el parque está lleno. La entrada de la calle que da a la glorieta está saturada de agua por el sistema de riego automático que sobrevuela el césped y forma un tímido riachuelo en la acera. Justo después del charco hay un asiento libre; allí me dete
ngo a disfrutar de la fría mañana y tomo nota de la gente que va y viene.

Me llama la atención un individuo gordo con pantalones a la rodilla que camina arrastrado por su perro, un gran danés de ojos amarillos y cola limpiaparabrisas.

Tengo a mano mi lápiz y mi bloc de notas. Escribo con rapidez un resumen sobre las penurias del hombre tratando de contener al inmenso animal que lo lleva de cabeza como remolque viejo, hasta detenerse a saciar su sed en la fuente central.

El hombre suspira de alivio mientras el perro bebe agua a placer.

A la izquierda diviso a una pareja mirando sus celulares y enviando mensajes de texto; mas allá una anciana alimenta a las palomas que llegan por docenas y se apoderan de su bolsa de maíz azucarado. Una mujer de cabello corto y manos pequeñas toma apuntes sobre un ejemplar de National Geographic, un niño salpicado de pecas juega pelota con su pointer inglés.

No tengo motivos para escribir, pintar, copiar o proseguir. No hay nadie a quien decir nada, y sin embargo, la fuente habla. Hay un poema en las aves ladronas de confeti. Hay un mensaje en un chip imaginario. Hay un pointer de mirada intensa y un niño que no nace, contando sus vidas.

El parque está solo, guardo mi bloc y mi revista.
Comienza a anochecer.
Si. La gente se sienta en los bancos a recordar.