sábado, 30 de junio de 2012

LA LOCURA DE AMOR DE LUISA VELÁZQUEZ Y SU NOVIO FRANCÉS


  No importa cuántos años pasen, cada vez que en Taguantar alguien se pone a hablar de la locura de amor, el nombre de Luisa Consuelo Velázquez sale al tapete de forma obligada e infaltable. 
  A Luisita todos los que la conocieron siempre supieron que era una muchacha medio rara, muy calladita y religiosa. Nadie se explica que fue lo que le pasó cuando un día se cruzó de frente con un joven francés que caminaba por Taguantar creyendo que estaba en Juangriego. Así pasa con los turistas cuando andan en Margarita, tienen los pies donde va la cabeza.
  Jean Pierre se llamaba el francés de ojos celestes que andaba tan perdido como la misma Luisa. Ella se lo quedó mirando como quien mira un espanto y se enamoró allí mismo del francés, que sin pérdida de tiempo se la llevó para el cuarto donde estaba hospedado.
Dios sabe que la mujer de esta tierra es decidida, pero cuando se desata no hay nada que la detenga. 
Más de una semana estuvo Luisa metida en el cuarto con su francés de ojos celestes. Más de una semana sin descanso, muertos de hambre y más flacos que los perros de la calle.
Se terminó la semana, se terminaron las noches de locura inextinguible. Se fue el francés a su tierra diciéndole que en las próximas vacaciones volvería a verla.
De allí dicen que regresó al idílico París de las bohemias, de aquel  Montmartre que Luisa siempre creyó que era una marca de interiores.
Cuando Luisita regresó a su casa la recibió el padre con un viaje de correazos, que era lo que se esperaba que sucediera y a los pocos días todo retornó a la normalidad. 
Luisa nunca lo supo, pero Jean Pierre no era más francés que ella. Al poco tiempo vieron al hombre en Cumaná, tocando el cajón flamenco en las fiestas de San Juan evangelista. 
Luisita se casó ocho meses después con un primo hermano que estaba enamorado de ella desde que eran niños. Fueron muy felices y tuvieron muchos hijos, de ojos marrones todos, gracias a Dios.
Taguantar es tierra de poetas, de allí siempre sale algún contador de historias que dejó en verso las peripecias de Luisita y una historia más para las leyendas de esta tierra, con sabor a Margarita:

Luisita se volvió loca con tan solo una mirada
y por un francés se puso más flaca que una palmera,
en medio de un alboroto, de su casa se saliera, 
abandonando familia, saliendo por la ventana.

Luisita perdió el decoro por el hombre que la viera
y en aquel hotel se puso como la propia catana,
aquella aventura propia de camas destartaladas
y de los amores vanos que tantos recuerdos deja.

Luisita se volvió loca por tan solo una semana,
y es que en solo una semana, se vive la vida entera. 

miércoles, 27 de junio de 2012

ARMINDA LOAIZA Y SU LORO DESDICHADO


  En Santa Ana, al fondo de la calle Manzanares había una casa pequeña de paredes blancas y zócalos azules. Sus pisos de tierra con una sola puerta por entrada y una ventana que al abrirse dejaba ver la solitaria calle. 
  En la casa vivía una mujer que todos conocían como Arminda Loaiza. Su marido era un capitán de barco que entraba y salía por temporadas. Cuando estaba en alta mar se encontraba en su elemento, cuando estaba en tierra solo quería embarcar. 
Tres años hace que murió, o mejor dicho, que zarpó y no volvió a recalar por esos parajes.
  Arminda no dijo nada cuando el marino la dejó; pero, a diferencia de otras mujeres caídas en la misma desgracia, ella no se condolió de su soltería. Sola quedó y un buen día dejó de hablar. Las últimas palabras las dijo junto a la vieja jaula del loro, presente de amor y único recuerdo del hombre que adoraba:

–Que hable el loro, porque yo no tengo nada que decir.

  El loro se llamaba Desdichado y con justa razón. Desde aquel día solo hablaba el loro, relatando el mar de soledades de su dueña.
 A una hora fija de cada tarde, las brújulas apuntan al este; todos sabían que se acercaba el momento en que las gallinas se echarían a dormir. Justo en ese instante Arminda sacaba al frente de la casa su sillón de mimbre, junto al sillón un taburete con el pocillo de café, una calilla encendida; junto a la calilla el loro que hablaba sin detenerse, mirando las luces que a lo lejos se encendían y dejaban asomar el rostro amarillento de la noche.
  Arminda fumaba y tomaba el café de una taza que jamás estaba vacía, que jamás se partía por muchas veces que al suelo se cayera. El loro la miraba y repetía el eco de los faros extinguidos de aquel llorar eterno que al secarse solo dejaba el marullo del que se fue hace tres años, pero que todavía caminaba por la casa cada vez que el loro repetía:

-Ay, Demetrio Luis, ¿Por qué no me llevaste?

  La gente pasaba  por la calle, sonreía y saludaba. Cada día de cada punto cardinal, con las gallinas echadas en las noches frías, el loro exclamaba:

- Ay, Demetrio Luis, ¿Por qué no me llevaste?

 Nadie sabe con exactitud los misterios de la mente humana. Mucho más los de una mujer que siendo tan joven no quiso saber más nada de la vida, y después de tres años de silencio decidió irse también, dejando la casa en ruinas junto al loro Desdichado que para sorpresa de todos, decía:

-Ay Arminda Loaiza,  fuiste la misma porquería.