jueves, 19 de abril de 2012

AGONIZANTE


Me molestan las luces cuando manejo de noche, por eso voy despacio en carreteras oscuras.
No despegaba los ojos del camino ni se me ocurrió mirar el reloj, solo contaba las líneas blancas e intermitentes que me señalaban el rumbo a casa, mis manos aferradas al volante,
mis ojos mirándote al final del horizonte. 
Frené bruscamente al ver un gato tirado en medio de la carretera. Me estacioné a un costado de la vía y retrocedí a cierta distancia para con las luces altas poder verle de cerca. 
Se veía muy maltrecho, recién atropellado por algún taxista.
El animal convulsionaba de dolor; en su temblor agonizante me miró fijamente y me congeló el terror al escuchar tu voz desde el infierno: 

–Volverás, algún día tú volverás. 

Volví al auto y me lancé a correr, desesperada por alejarme de una muerte que no se cansó de pronunciar mi nombre.



martes, 17 de abril de 2012

EL CIEMPIÉS

Salí de rehabilitación despues de casi dos años de terapia, abstinente, contenida y llena de recelo ante un mundo que no se dio por enterado de mi retorno. Viví durante tres años en un cuarto de 4 metros cuadrados con un televisor prestado, tres mudas de ropa, una cama, un jabón, un shampoo, crema y cepillo de dientes. Era el espacio ideal donde solo cabíamos mis poemas y yo, nadie mas.
Una noche sentí como el miedo derritió mi cuerpo cuando desperté de madrugada, encendí la luz, y vi un ciempiés caminando por la pared, acercándose a mi cama.
 Mi primera reacción fue de pánico. Pude haber gritado o en todo caso matado al horrible polípodo, pero no hice nada, solo me quedé inmóvil y esperé en silencio.
 El ciempiés se deslizó lentamente sobre la cama a centímetros de mi temblor; explorando. Movía sus antenas, quizás preparándose para atacar, quizás decidiendo donde enterrar sus colmillos al detectar mi calor corporal.

 Quizás desconcertado, perdido… en tierra extranjera, sin conocer a nadie.

 En otra época no me hubiese importado si me picaba o no. Las ratas solían recorrerme todo el cuerpo cuando me dormía en el piso, intoxicada y sola.
 Fui un ciempiés en tierra extranjera. Tal vez estoy viva porque alguien como yo, a punto de matarme prefirió detenerse y mirarme mientras luchaba por encontrar el camino de vuelta a casa.
No pude evitar sentir que ambos atravesábamos por la misma Odisea, pero siendo tan parecidos nunca seremos iguales. Él es un depredador que sirve de alimento a otros depredadores más grandes, yo casi me mato a mí misma.
Decidí ser justa y no reaccionar con las vísceras. Con lentitud, a fin de no molestarlo, tomé la bolsa de papel donde guardaba mi pan, la abrí y lo hice entrar en mi improvisado medio de transporte. Salí en silencio al fondo de la casa y lo solté en la jardinera para que volviera al mundo al que pertenece.
 El ciempiés salio de la bolsa y desapareció entre el follaje de hierba.
 Respiré profundamente, ¡El aire de la noche era tan fresco!
Volví a mi cuarto y me acosté a dormir pensando en el ciempiés y su breve paso por mi vida. No pude evitar sentirme alegre por él, coincidimos por un momento en nuestro viaje hacia destinos muy diferentes.
El obtuvo otra oportunidad de vivir, y yo ya no estaba loca por morir en un mundo demasiado pequeño para perderme.

jueves, 5 de abril de 2012

EL PAYASO

En la entrada del circo todo era alegría. La función estaba por comenzar, la gente buscaba los mejores lugares para ver el espectáculo recién llegado a la ciudad.
Yo, niña, iba en compañía de mi madre, que me agarraba de la mano como siempre, con demasiada fuerza.
Nos sentamos en primera fila. Mi madre miraba de un lado a otro con esos aires de señora muy importante en un pueblo demasiado chico para ser notable. Yo solo guardaba silencio mirando la punta de mis zapatos de patente blancos. Ya conocía esa mirada intimidante de mamá, solo abría desmesuradamente los ojos con la típica advertencia que siempre me hacia:

- De aqui no te muevas.

¡El circo!. Todo baile, música y belleza.
¡Los leones, los elefantes! El algodón de azúcar, el domador y los malabaristas, el mago de conejos y chisteras.
Mis ojos de diez años no se apartaban de todo lo que surgía de la carpa. A la pista principal llegó el cortejo de payasos, los favoritos, los de grandes carcajadas, sonando cornetines y lanzando patadas, puños y bofetadas. 
Hubo un silencio que me paralizó, no escuché ni siquiera la risa de la gente, solo sus muecas desfiguradas. El tiempo se detuvo. El circo se llenó de sombras.
De forma inesperada, un payaso alto y de ojos rojos como dos cerezas se apartó del cortejo, se acercó a mí, me miró intensamente y en voz alta, dijo:

"Ríe ahora que eres una niña.
El futuro para ti es solo muerte y pena.
La faz ha de cambiarte en los
años por venir, de ti no quedaran
más que despojos y colillas de vergüenza.
De ti se alimentaran los perros, 
tu serás la carroña de las fieras"

"Lucharás, lucharás toda tu vida
¡y toda tu vida serás una sombra!
El amor que tanto te afanas en tener
tuyo jamás será.
Y todos los besos que te den
te romperán los labios y la esperanza!"

Jamás se lo conté a nadie, pero desde esa noche nunca más quise retornar al circo; y hasta el sol de hoy los payasos me llenan de terror, de ese miedo infernal a matar y a morir que jamás sentí de niña.