viernes, 16 de marzo de 2012

MEMORIAS

En la madrugada, mientras escribía, un pequeño escarabajo rojo se detuvo justo en mi antebrazo derecho. 
Comenzaba a garabatear un poema - uno de esos lastimeros pedazos de vidrio que tanto me gusta escribir- y en cuanto llegó no tuve ojos para nada más. Solo miraba al insecto rojo que se instaló en mi brazo y disgregó mi mente.
Lamento tener que admitir que soy mala anfitriona de estas visitas invertebradas, pero con este visitante fui indulgente. En lugar de triturarlo con el zapato o aplastarlo entre las hojas de un libro, me quedé inmóvil casi una hora mirando como se encaramaba en los vellos de mi brazo, curioseando.
Y recordé la primera noche que pasamos juntas, la primera vez que te vieron desnuda mis ojos delirantes, y derramaste sobre mí tu carne, tus brazos ceñidos a mi cuerpo, faros en la profundidad de la nada. Te quedaste dormida esperando el amanecer para retornar a tu prisión de adobes.
El escarabajo voló, empezaba a clarear y necesitaba café. Me levanté y fui a la cocina.
Quise recordar como eras y cuanto te adoraba, pero hasta eso se fue volando sin más posteridad que una memoria lerda, ingrata e infame.

domingo, 4 de marzo de 2012

HAMBRE


Desperté en una cama desconocida. Un cuarto, cuatro paredes mal pintadas y una mesa llena de botellas y encendedores vacíos. La ventana que daba hacia la calle estaba cerrada, no lograba percibir los sonidos del día.
Comenzó a salir el sol a raudales y durante un instante miré a mí alrededor. Estaba sola, afortunadamente para mí. Tenia todo el cuerpo pegajoso de sudor y el característico hedor a papel quemado que desde hacia años era mi olor corporal.
Mi ropa estaba regada en el suelo, todo aquel cuarto apestaba. Me levanté, di unos pasos y abrí la ventana.
 Me traspasó la cara el aire del amanecer, el olor de los autos y los puestos de comida, los chicos vendiendo los diarios y la gente caminando en las aceras.
Yo estaba muerta, desnuda en una habitación que no lograba reconocer, desencajada, carcomida por las escaramuzas nocturnales.
No tenia idea de como había llegado a ese lugar, pero daba igual pensar en eso a tan temprana hora de la mañana. Tenía sed.
Sentí un desesperado deseo de comer y tomar agua fría, un maldito vacío en el estomago que me atormentaba cada amanecer de cada día. Tenia el hambre de los hijos de puta que sustituyen la calle por cárcel, de las perras en celo que viven la noche entera comiéndose los dedos de las manos esperando llegar vivas al día siguiente.
No había espacio para llanto ni lamentaciones, yo decidí vivir de esa manera.
Me vestí rápidamente y salí de un tirón de aquel cuarto, bajé unas escaleras pintadas de azul y me arrojé a caminar por la calle. En cuanto pude tomé atajos que me ayudaban a ser invisible ante la gente.
Suspiré. Mire a todos lados y volví a caminar dolorosamente, con los ojos fijos en el suelo. Con algo de suerte podría llegar a casa en dos horas. Tal vez aparecería algún cabrón en una esquina con una bolsa de pan en las manos o quizás con un plato de comida. Pensar en ello me ayudaba a caminar de vuelta a la incertidumbre.
Nunca me llevaron comida los que tanto me amaban, solamente droga.... para saciar el hambre.

jueves, 1 de marzo de 2012

POR AQUÍ TE VEO GRANDOTA

Mi madre siempre recordaba ese Viernes cuando Gumersinda Calatrava y su nieto Argimiro llegaron a la casa de visita. Después de muchos cálculos mis hermanos y yo llegamos a la conclusión de que ese encuentro inesperado duró mas de ocho horas ininterrumpidas, con el monólogo más horripilante que haya montado una mujer lengua larga junto al nieto de seis años, especialista en echar vaina, entre otras cosas.

A las siete y media de una mañana tranquila que no se veía distinta de otras, la vieja pasó adelante como una exhalación, agarrando al muchachito del brazo, y sin muchas formalidades se bebió el café de mi madre que todavía estaba en dormilona, y se sentó en la sala, para no pararse más nunca.

Ese día no se hizo ni desayuno ni almuerzo, no se lavó la ropa ni se limpió la casa, no le dimos alpiste a los loritos australianos ni pudimos ver la televisión, pegados todos detrás de la puerta de la sala que reverberaba con la sonora voz de Gumersinda, que sin parar contaba todo el sartal de chismes que se sabia hasta la fecha. Y como sabia de chismes la vieja condenada.

Que si la mujer de Eurípides se fue a vivir con el hijo del padrino de la boda, que si el viejo Domingo Antunez se emborrachó en un bautizo y se cagó los pantalones en plena fiesta, que si la nieta preferida de Josefina Bellorini dejo la universidad para casarse con un gitano profesor de teatro y terminó como bailarina de flamenco para escándalo de toda su familia, que si esto o aquello... mientras el muchachito danzaba por toda la sala poniéndose las manitas como anteojos diciendo:

- ¡¡Por aquí te veo grandota!!.

Y despegaba el vuelo por toda la sala como avioneta sin tren de aterrizaje, sus zumbidos de mosca llenando toda la casa, para detenerse justo en la cara de mami, poner otra vez las manitas de anteojos y decir:

- ¡¡Por aquí te veo chiquita!!.

Cuando por fin se fue Gumersinda y su fastidioso muchacho, tuvimos que recoger a mamá del sillón, darle agua fría, unas palmadas de ánimo, masajes en la espalda y de paso preparar la cena. Y aunque pasaron muchos años de aquella maratón de antología, ese día paso a formar parte de las crónicas, relatos y comicidades de mi familia.
Gumersinda pasó a la historia sin saberlo. Y de aquel niño, ni se diga.

Hay historias dulces que merecen ser escritas. De sus vidas queda el recuerdo y el verso que me inspiran sus anécdotas. Desde la mayor hasta la más pequeña de la descendencia de mami, solo tenemos que decir la conocida frase, para que todas soltemos la risa:


-¡Por aquí te veo chiquita!
-¡Por aquí te veo grandota!