viernes, 3 de febrero de 2012

OJOS NEGROS



Eran bellos los ojos de mi amada.
Los ojos de Liliana eran negros, como el fondo de la calle sucia, como los baños de los hoteles baratos, como los presentimientos o el borde de mis uñas. Pensaba en ella siempre cuando esperaba que llegase a la esquina y comenzara a caminar la noche.
Nada me llamaba la atención en esos días, solo el negro de los ojos de mi amor y el brillo pálido de las bolsas de base. Las únicas dulzuras de mi vida.
Cuando llegó el auto a la esquina no supe distinguir si en el iban una o varias personas. Retrocedí dos pasos. Liliana bajó presurosa del auto y me abrazó fuerte, sus brazos delgados aferrados a mi espalda.
Siempre llegaba y me sonreía… su boca abriéndome la vida y los labios en un beso húmedo y salvaje. Sus ojos negros desbordando ansias.
Ya nada se interponía entre mi sangre y Los cristales de roca.
El cliente con el que andaba estaba ansioso por conocerme. Ansioso por mirarme y llenarse el pene de droga y fluidos. Me ofreció una fortuna por verme haciéndole el amor a mi amada.
En la habitación el trámite era solo desnudarse. Rápidamente comenzamos a hacer el amor, Liliana abriéndose como esas flores borrachas de viento, llenas de agua.
El tipo solo nos miraba y sonreía. Empezó a sudar fumando una y otra vez. Impulsivamente se puso la tanga de Liliana. Se tendió boca abajo en la cama y solo dijo:

- Penétrenme, quiero que me penetren. Quiero que las dos me cojan!
Allí comenzó su erección.
Quedé con la boca abierta, Liliana me miró y soltó la carcajada.
- Claro mi vida. Te vamos a meter hasta el alma!

El tipo se desplomó, Ridículo Prometeo de nalgas blandas, después de una sesión de gritos y suplicas ahogadas en un orgasmo que no terminaba nunca, sodomizado por los dedos hirientes de una botella de ron, por los falos enormes de dos putas intoxicadas. Fuimos a morirnos de amor solas, como nos gustaba.
Los ojos de mi amada son como el carbón, como el cristal de horror de las calles sin nombre.