sábado, 28 de enero de 2012

EL CARITE Y LA TOLVANERA


  El zaperoco más grande por culpa del mal de amor del que se tenga memoria en toda la Isla De Margarita, sucedió hace más de treinta años en el centro del apacible pueblo de Juangriego, cuna de mujeres bravas.
  Para el alma de cualquier poeta, Margarita es una mujer hermosa y bullanguera que está siempre de parranda, siempre contenta… Hasta que se calienta. Allí, la mujer de Margarita se vuelve una tolvanera. 
  Diversiones en Margarita hay muchas, pero ninguna como El Carite, canto que describe como una barca de pescadores lucha contra un pez formidable que se resiste a ser atrapado. Pero al final termina bien frito en la mesa.
   Así mismo le pasó a Goyo Leandro, el hijo de Chenta Hernández;  Mozuelo de alto precio y vagabundo como nadie, que tenía amores simultáneos con Rosalía Alfonso y Mireyita Rosales. Fatídica fue para él la tarde en que lo agarraron con las manos en la masa, destapándose el bojote que tenía con las dos muchachas en pleno baile y ante la mirada de una plaza atestada de gente.
 El conjunto de músicos empezó a tocar y comenzó la diversión. Goyo Leandro estaba en una esquina de la plaza tomándose su primer palo e ron y Rosalía desde el extremo opuesto lo miraba disimuladamente cuando reventó en el aire cual Júpiter tonante la voz de Mireyita Rosales, que a todo pulmón dijo:
-Hay que ver que en este pueblo hay culebras que salen a buscar hombres sin fijarse si ya tienen novia. ¡Afrentosas! 
-¿Que te estas creyendo tú, boca abierta? –Rosalía saltó respondona- Tú no me vas a venir a ningunear. Más afrentosa será la madre tuya que bien bandida que era.
-¡Con la madre mía no te metas!
  Las dos mujeres se guindaron en un feroz intercambio de insolencias que todo el pueblo observaba entre murmullos y risotadas. El que más se reía era Goyo Leandro, jactándose orgulloso de ser el centro de la disputa de dos mujeres por  su amor. Su risotada era tan fuerte que las mujeres, inicialmente enfrascadas en un toma y dame verbal, callaron y voltearon a mirarle. En medio de un silencio atronador, Rosalía dijo:
  -Yo no sabía que Goyo te estaba enamorando Mireya, ¿tú sabias que él salía conmigo?
  -Me acabo de enterar-Mireya echaba lumbre por los ojos- ¡Y me parece a mí que a este cochino le llegó su sábado!
  Treinta años después de aquella tarde todavía se habla de la paliza más arrecha que dos mujeres le han podido dar a un hombre sin escrúpulos, que en sus años mozos pensó que podía jugar con el amor de dos mujeres como aquellas. Entre las dos le cayeron a carajazo limpio, le partieron la cabeza con la botella de ron que se estaba bebiendo y lo arrastraron por toda la plaza dejándolo en interiores. Goyo Leandro pidió auxilio a gritos, pero nadie quiso ayudarle.
 Algunos años después de esa paliza Goyo se casó con una viuda muy adinerada y se marchó a vivir a Caracas, calculando que cuando la vieja se muriera él tendría suficiente plata para gozar a sus anchas. Terminó vendiendo medias de nylon en un almacén, engrosando la cuenta bancaria de su esposa, que lo puso a trabajar como un chino el resto de su vida. 
  Mireya y Rosalía hoy son entrañables amigas. Todo aquel que las conoce sabe que son y serán mujeres de Margarita,  bravas y guerreras.
 Sobre aviso no hay engaño. Con la mujer de Margarita no se juega porque cuando se calienta, es una tolvanera.

domingo, 8 de enero de 2012

CELESTE BOHEMIA



   El día que Celeste Linares ganó su primer concurso de poesía perdió la vesícula por  encargo. El poeta que obtuvo el segundo premio la esperó a la salida de la bohemia y sin mediar palabra le clavó tres puñaladas en el abdomen. La cuenta del hospital donde milagrosamente salvó su vida dio justo el monto del premio que a punta de talento se llevó en la bohemia. 

   Hay hombres que siendo ganadores son una mierda, pero se ponen peores cuando pierden.

   El dulce poeta que la acuchillo ese día, años después ganó una bienal de noveles poetas. Se murió de viejo, borracho de puñales de cariño.

   No se puede pedir más por un poema, antes y después del carnaval la vida sigue igual de disfrazada, Igual de simiesca. Celeste, la del rostro pleistoceno, poeta  gorda y solitaria, desde pequeña se paraba en la puerta del prostíbulo donde su madre trabajaba, metida a duras penas en su vestidito verde, vendiendo estampitas de San Judas Tadeo a las putas del bar.

  -Ande señora, lleve su estampita de San Judas, patrón de los imposibles.

   Comenzaban a llegar al bar las putas de celeste, las diosas que todavía rezaban pidiéndole a San Judas Tadeo les cambiaran las sucias  almohadas, el sabor de los besos, ese orgasmo que jamás llegaba y el hombre bueno que jamás conocieran.

   Las putas sonreían… Igual compraban la estampa del santo y mientras trabajaban lo miraban,  le pedían en silencio, debajo de machos duros con sudores porcinos y crucifijos en la punta de los  penes, resollando hambre.

  -Dale duro papito así, dale San Judas…. que se termine pronto esta mierda.

   Celeste salió del hospital con una cicatriz que le atravesaba  la barriga y el destino, más pobre de lo que llego, más verde de lo que fue, crisálida de un sinfín camino a ninguna parte, más gorda y solitaria que un caracol del pleistoceno. Nunca más quiso volver a escribir poemas.

   Nunca más quiso bohemias celestes.


miércoles, 4 de enero de 2012

DE NADA SIRVE



   Era Jueves, lo sé porque ese día cumplía años de muerta una amiga muy querida, aunque ya no recuerde su nombre. Pero estoy segura de que era Jueves y de que ella estaba muerta.

   El taxi me dejó a las puertas del cementerio. Entrando al camposanto un viejo vendedor de flores que despedían un singular olor a carne demasiado condimentada se acercó a mi y sin que yo se lo pidiese me hizo compañía. Mientras yo iba en silencio el hombre hablaba sin descanso. Involuntariamente me detuve por un segundo cuando lo escuché decir muy convencido que "era un disparate rezarle a un muerto".

   -No vale la pena señora -dijo el extraño centinela- El alma inmortal por fin ha escapado al yugo que significa vivir. Ante tal emoción de gozo, el rezo sucumbe.

   El florista hablaba mientras yo veía las lápidas oyendo su  monólogo que parecía sugerir mi propia muerte. En cada gesto y en cada afirmación que hacía se me congelaba la sangre, su palabrería sonaba cada vez más cierta.

   -Es algo muy parecido a tener un horrible lunar en la espalda, o una cicatriz muy grande en la cintura, o un  deseo imposible en el corazón... o un mal sueño que todas las noches nos atosiga el alma. Sabemos que allí están, pero no miramos, porque el terror nos ciega y sobrecoge.

  Definitivamente hay viejos que son un asco, pero hay otros muy sabios. El hombre tenía razón, por donde se le mire, el que ha partido de este mundo duerme en mullidos prados hechos de arcoíris y no sabe nada del dolor.

  Ya no recuerdo tu nombre... yo, que tanto decía que te amaba y en vida jamás te regalé flores, justamente porque mientras viviste, jamás te quise. 

  A qué vine, aún no lo sé. Vine a buscar inútilmente a quién ya no está, vine a las puertas del averno o a las puertas de mi destino tan solo para escuchar a un desconocido con rostro de Caronte decirme una y otra vez:

   -De nada sirve rezar señora. ¡Los muertos nos compadecen!

FIN.