viernes, 13 de julio de 2012

LA PLAZA DEL ORINAL


1 a.m. La calle exhibía a un perro vagabundo echado al pie de la fuente de aguas negras en la plaza mayor, el rancio monumento al decoro de mi bella ciudad.
Una mujer de rostro cetrino y tacones gastados llegó hasta el nogal que custodiaba la jardinera y vacilante se detuvo en el último banco de la plaza, al pie de la estatua de los héroes llenos de orine y excremento.
Que asquerosidad hacen con los próceres de la patria; debajo de sus braguetas de marmolina se apilan restos de colillas, celulares escondidos, sangre seca, preservativos usados y pistolas por usar. 
Era  muy tarde y hacia demasiado silencio. La mujer, aburrida, se preparó una pistola* y se sentó a fumar.
El perro levantó las orejas, avistando la sombra que saltó sobre los bancos y agarró violentamente a la mujer por el cabello. Los ladridos no cesaban, el perro no paró de ladrar toda la noche.
La mujer amaneció tirada en la maleza con un tiro entre las cejas. 
Todos presentíamos que eso pasaría; la semana anterior había robado a un cliente el celular y el dinero que llevaba, ella nunca supo que el hombre al que robó era policía. 
Sin embargo, algo siempre me dijo que ella en todo momento supo a quien robó y lo hizo adrede.
Ella quería morir, por eso buscó un rápido pasaje sin retorno.  


*cigarrillo relleno con droga

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