domingo, 15 de julio de 2012

JOSÉ CHULINGA Y SU VOLADOR

Atardecía, las puertas de la casa de los Romero estaban abiertas de par en par y el viento entraba espantando el calor que dejara el mediodía. 
Ramona la Concha estaba sentada en la salita zurciendo la ropa de trabajar de su marido y afanosamente buscaba en el costurero el carrete de hilaza negra.
- Virgen del Valle... Donde está el bendito hilo. ¡San Colargo, ayúdame que no veo! 
Para que su esposo Diógenes no rompiera tan rápido los pantalones había que coserlos con soga de amarrar barcos. Ramona buscó y después de varios minutos sin poder hallar la hilaza, salió al porche y dijo:
- ¡José Chulinga, donde pusiste el hilo de coser los pantalones de tu papá!... Ya vas a ver cuándo te agarre. 
Cuatro cuadras arriba, en la loma que daba al ranchito de Napoleón Fermín, estaba José Chulinga con el carrete de hilaza en las manos, listo para comenzar a elevar el volador que recién hiciera la noche anterior. 
El volador era verde grana, de vivos colores de feria, armado con la mejor vara de todo San Juan Bautista y revestido de fino papel cebolla comprado en la bodega de Chico Chabelo, por dos centavos cada pliego.
El volador del niño más inquieto de San Juan, que iba en veloz carrera loma abajo para que alzara el vuelo.
- ¡Chú, tu mai te está llamando!
José Chulinga no hizo caso, una y otra vez corría por la loma buscando que un golpe de viento levantara por los aires al volador. A la séptima subida se estrelló de frente con la falda color frambuesa de su madre, que enfurecida lo agarró de las orejas gritando: 
- ¡José Chulinga!.... Hasta cuando vas a estar jodiendo por la calle niño... ¡Dame el carrete de hilo que tengo que ir a coser la ropa de tu padre!
El choque involuntario rompió el hilo que sujetaba al volador y este comenzó a caer, estrellándose en el suelo. El niño ahogó un grito de dolor.
Ramona se paralizó viendo como el niño lloraba mientras iba recogiendo los restos del volador hecho trizas. Lentamente se acercó y se arrodilló al lado del desconsolado muchacho. 

-Perdóname Chú... Ha sido culpa mía.
El niño levantó la cara, miró a su madre detenidamente y respondió:
- A veces pasa, maita. Lo repararé y volverá a volar.

Madre e hijo se fueron por la loma de Napoleón de vuelta a casa.
Al día siguiente se elevaba de nuevo el volador de José Chulinga, y marchaba el padre al trabajo con sus pantalones primorosamente zurcidos con esa hilaza hecha del mejor cariño que en ninguna parte se puede comprar.
No importa cuántas veces caigas y se destrocen tus sueños. Si no vuelan hoy, seguro volarán mañana.

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