martes, 3 de julio de 2012

EL AFRENTOSO ENTIERRO DE AGUSTÍN BOADA

Un 27 de septiembre muy temprano en la mañana reventó tremendo alboroto en la casa no.145 de la calle principal de El vergel cuando Dominga Vicent, conocida por todos como la flor cochera, encontró en su cama el cuerpo sin vida de su marido Agustín Boada.
80 años contaba Agustín al momento de su muerte.  Fue toda su vida el gallo marote más popular y enamorado de todo El vergel.  Marido de todas las mujeres, padre de todos los muchachos que nacieron en esas épocas donde los hombres migraban hacia tierra firme y las muchachitas miraban en el cielo el vuelo de las palomas que zigzagueaban anunciando a las doncellas que el momento de convertirse en mujer estaba por llegar y no había mucho bahareque de donde escorarse.
 
Todas pensaban lo mismo cuando aquel Agustín adolescente pasaba por el frente de las casas montado en su bicicleta picándoles el ojo a las niñas. Los más viejos rezongaban y solo murmuraban muy bajito para que todos oyeran:
-Mujer que mire a Agustín Boada… ¡Ojos que te vieron paloma turca!

  La madre de Agustín, Modesta Marcano “La Testiguera”, tuvo en brazos a su primer nieto cuando Agustín tenía trece años. Al principio se reía cuando uno tras otro los muchachitos le empezaron a decir abuela, pues ella con solo 28 años no se sentía como tal. Veintitrés años después cuando le llevaron el nieto número 18 solo torció la boca para decir:
 
  - Miren vergas, antójense de otro hombre, ¿Qué no hay más machos en El vergel que el hijo mío?
 
  Con el correr de los años cuando las parejitas se enamoraban y hacían planes para casarse, el cura del pueblo invariablemente les preguntaba:
 
  - Pedro, Teresa. Pregunten a sus mamás si de muchachas anduvieron con Agustín Boada. Por si acaso hijos míos.
 
Y como cosa cierta, más de un matrimonio se suspendía por razones de fuerza mayor y causas sobrenaturales. Solo Dios sabia hasta donde la sangre de Agustín Boada estaba regada por todo el pueblo.
Solo Dios sabía cómo sería ese entierro cuando lo prepararon con su paltó negro y su corbata de capitán de barco para llevarlo en su ataúd a su morada postrera.
La misa fue un rosario de gente que desbordaba la iglesia esperando que alguien de la familia hablase. En pleno sermón el padre con voz enronquecida dijo:
 
 - Dominga me ha pedido permiso para decir unas palabras de despedida a su esposo.
 
La mujer vestida de negro hasta los puños se acercó al púlpito, serenamente y con voz pausada dijo a los presentes:
 
 -Me importa un carajo lo que ustedes piensen, lo que diré es para mi esposo y solo a él le corresponde escucharme.
 
 Tomó aliento y mirando al difunto con emoción abrió un papel que a modo de carta escribiera para esa ocasión:
 
 “-Agustín de mi alma, mijo querido. Yo sabía que estabas por marcharte de este mundo la primera vez que te vi caminar como un alacrán, tú, que siempre caminabas como un rey con manto y corona. Ese día supe que ya estabas más de aquel lado que de este, y eso me llenó el corazón de gran tristeza.”
 “Es verdad amor querido que fuiste un muérgano que solo tuvo ojos para hacer muchachos, pero de todo ese gentío salieron tres médicos, una monja, un alcalde y un bombero. Cuatro maestras de escuela, cuatro reinas de belleza, dos abogadas y las dos que faltan fueron tan bandidas y arbolarias como tú, pero todos llegaron a viejos a tu vera, todos te quisieron y a todos los tuviste sentados en tus rodillas”.
 “Adiós mijo querido, siendo como fuiste un afrentoso y un morcilla, yo te amé. Espérame por allá que no tardaré mucho en este mundo de mierda que me está dejando sola sin tu presencia, ¡Tus dieciocho muchachos y yo te amamos!”
 
 Todavía no había terminado de decir las palabras cuando se comenzó a escuchar el llanto de las mujeres, todas de negro en la iglesia, todas llorando por el amante que se marchaba. Hasta la más joven, la que pariera en secreto hacía un año atrás, agazapada en un rincón escuchaba las absurdas palabras de despedida a un hombre que fue sencillamente inolvidable para todas ellas, porque amó a todas las mujeres como si fuera una sola.
Porque hay hombres que sin saberlo, fueron demasiado amados y no lo merecían.
Así es América.

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