miércoles, 27 de junio de 2012

ARMINDA LOAIZA Y SU LORO DESDICHADO


  En Santa Ana, al fondo de la calle Manzanares había una casa pequeña de paredes blancas y zócalos azules. Sus pisos de tierra con una sola puerta por entrada y una ventana que al abrirse dejaba ver la solitaria calle. 
  En la casa vivía una mujer que todos conocían como Arminda Loaiza. Su marido era un capitán de barco que entraba y salía por temporadas. Cuando estaba en alta mar se encontraba en su elemento, cuando estaba en tierra solo quería embarcar. 
Tres años hace que murió, o mejor dicho, que zarpó y no volvió a recalar por esos parajes.
  Arminda no dijo nada cuando el marino la dejó; pero, a diferencia de otras mujeres caídas en la misma desgracia, ella no se condolió de su soltería. Sola quedó y un buen día dejó de hablar. Las últimas palabras las dijo junto a la vieja jaula del loro, presente de amor y único recuerdo del hombre que adoraba:

–Que hable el loro, porque yo no tengo nada que decir.

  El loro se llamaba Desdichado y con justa razón. Desde aquel día solo hablaba el loro, relatando el mar de soledades de su dueña.
 A una hora fija de cada tarde, las brújulas apuntan al este; todos sabían que se acercaba el momento en que las gallinas se echarían a dormir. Justo en ese instante Arminda sacaba al frente de la casa su sillón de mimbre, junto al sillón un taburete con el pocillo de café, una calilla encendida; junto a la calilla el loro que hablaba sin detenerse, mirando las luces que a lo lejos se encendían y dejaban asomar el rostro amarillento de la noche.
  Arminda fumaba y tomaba el café de una taza que jamás estaba vacía, que jamás se partía por muchas veces que al suelo se cayera. El loro la miraba y repetía el eco de los faros extinguidos de aquel llorar eterno que al secarse solo dejaba el marullo del que se fue hace tres años, pero que todavía caminaba por la casa cada vez que el loro repetía:

-Ay, Demetrio Luis, ¿Por qué no me llevaste?

  La gente pasaba  por la calle, sonreía y saludaba. Cada día de cada punto cardinal, con las gallinas echadas en las noches frías, el loro exclamaba:

- Ay, Demetrio Luis, ¿Por qué no me llevaste?

 Nadie sabe con exactitud los misterios de la mente humana. Mucho más los de una mujer que siendo tan joven no quiso saber más nada de la vida, y después de tres años de silencio decidió irse también, dejando la casa en ruinas junto al loro Desdichado que para sorpresa de todos, decía:

-Ay Arminda Loaiza,  fuiste la misma porquería.


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