sábado, 5 de mayo de 2012

METÍ LA MANO DONDE NO ERA

Mi papá fue toda su vida un hombre ejemplar. De él jamás tuve una mala palabra, una ofensa o un golpe. Fue un hombre sencillo de modales suaves y rostro de perro bravo que jamás mordió a sus semejantes. He aquí una anécdota de su infancia:

"Yo tenia 12 años cuando llegó a la casa de visita la comadre de mi mamá. La presencia de la vieja no me interesó hasta que entró Clarita, la nieta que ese día se vino a quedar todo el fin de semana en nuestra casa. 
Recuerdo con cuánto entusiasmo pasamos el día Clarita y yo, a pesar de que sólo podíamos intercambiar sonrisas con disimulo y algunas palabras entrecortadas porque la vieja nos tenia a raya y no nos permitía estar un instante juntos.
Como a la luz del día era imposible, decidí armarme de paciencia y esperar a la noche, para así, en lo oscurito, ver de qué manera podía tocar la delicada carne de la muchacha. 
Cuando llegó la hora de dormir, el calor espeso del día había calentado tanto la casa que mi madre decidió que la sala era el mejor dormitorio para aprovechar todos el único ventilador que teníamos. Nos acomodamos todos en el suelo, nos dimos las buenas noches y se apagaron las luces. 
Por el rabillo del ojo había yo espiado el lugar exacto donde colocaron a la tierna Clarita, y en aquella oscuridad, bajo las sábanas, recalculé que yacía justo a unos 30 grados hacia la izquierda y hacía esa dirección y ángulo avanzó mi mano.
Sentí el calor de la carne desnuda y apreté con emoción...
Todavía recuerdo hasta el sol de hoy los gritos de aquella vieja vuelta una loca porque le agarré una teta, la risa de Clarita y el viaje de correazos que me dio mamá por andar metiendo la mano donde no era."

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