jueves, 17 de mayo de 2012

EL NIÑO MUERTO


Lo encontró su madre al amanecer.
Estaba tirado al fondo del patio de la casa, desnudo, el cuerpecito lleno de barro, en el cuello las marcas de las manos grandes que lo privaron de la vida.
 
Nadie se explicaba tan dantesco fin para un inocente. La noche anterior la familia se acostó normalmente y todos presumían que aun dormía en su cuarto. 9 años tenía, único varón de la familia, el consentido de sus dos hermanas.
 
Durante todo el día testigos del macabro hallazgo, familiares y gente del barrio  declararon a la policía. Los curiosos desbordaron la Casa y decían a los agentes de policía que anotaban estoicamente en sus libretas:
 
 – Si señor agente, esa es la dirección. Casa número ciento cuatro de la calle Nutrias.
 
La madre se llamaba Marta y era un despojo de lágrimas agazapada en un rincón, con el llanto de quien quedó sin nada más que la muerte por compañía. El padre, Hector Gervasi, callado y cabizbajo fumaba sin pausa, rumiando maldiciones en voz baja mientras miraba hacia la calle.
 
El abuelo Gaspar, encerrado en su cuarto, se dejaba ver asomándose a la ventana, mirando al hijo en la entrada de la casa junto a los pocos amigos de la familia.
 
–Como quisiera pillar al hijo de puta que hizo esta bajeza.–El primo del padre del niño muerto vociferó nada más llegar a la entrada de la casa.–¡Qué maldito el hijo de puta!

–Baja la voz, Álvaro.–El padre del niño no estaba para ridiculeces–Marta puede oírte y ya bastante ha llorado desde que lo encontró en el patio esta mañana.
–¿Que te han dicho los de homicidios?–El primo Álvaro se sentó en  un sillón y encendió un cigarrillo.–¿Tienen algún sospechoso?
–Ni idea.–El padre fumaba su tercera caja de cigarrillos.–Llegaron hace una hora. No nos dijeron nada significativo; cualquiera pudo haber brincado la tapia para robar y mi muchacho por mala suerte estaba allí, jugando solo. No sabemos nada más.
 
Se organizó la casa para el velorio del niño. Llamaron al padre Oliva para que lo recibiera en la capilla antes de llevarlo al cementerio por la mañana. Las rezanderas llegaron al filo del ocaso y la noche entera se fue en misterios y letanías.
 
  –¡Dale señor el descanso eterno!
  –¡Y brille para él la luz perpetua!
  –¡Descanse en paz! Amén.
 
Las hermanas comenzaron a preparar al niño muerto. Lágrimas y besos se mezclaron en su frente y sus mejillas moradas. Lo lavaron en silencio cuidadosamente con agua y jabón. Habían decidido ponerle un lindo traje oscuro que su padre le había comprado un año atrás y que usó para su primera comunión con una corbata celeste que le regaló el abuelo Gaspar.
Mientras lo terminaba de vestir, su hermana Isabel notó en la parte interna de los muslos del niño unos extraños moretones. Levantó la mirada y en voz baja dijo:
 
–Marcia, ve a buscar la colonia de papá. Apúrate.

La hermana obedeció y salió en busca del frasco de colonia. Una vez sola, la muchacha aprovechó y revisó el cuerpo del niño con mayor atención. Las marcas eran de dientes; eran las mordidas de un hombre.
La joven estuvo tentada de avisar a sus padres, pero lo pensó mejor y se dirigió a la habitación del abuelo Gaspar. Él quizás sabría qué explicación podrían tener unas mordidas de esa naturaleza en el cuerpo de su hermano.
 
Entró a la habitación, estaba vacía.
 
A punto de cerrar la puerta del cuarto del abuelo, miró sin querer por la ventana que daba al patio y lo que vio le heló la sangre.
Al fondo de la casa, los pies hundidos en la tierra fangosa que bordeaba la vieja encina del patio, los pantalones caídos a la altura de las rodillas y las manos fuertemente agarradas al miembro, el abuelo Gaspar se masturbaba mirando fijamente al suelo donde horas antes hallaron el cuerpo del niño. Los ojos desorbitados, el pene erecto lacerado por los remordimientos. La hermana apenas pudo reprimir un grito de horror.
 
Al niño lo enterraron al día siguiente, a las diez de la mañana. La misa del padre Oliva fue hermosa y cálida.
Al volver del entierro hallaron al abuelo Gaspar colgado de la encina del patio. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos, mirando al suelo, mirando hacia abajo obstinadamente, desafiando a la inercia.
Ni siquiera el padre Oliva se los pudo cerrar cuando lo enterraron ese mismo día, al final de la tarde.

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