martes, 8 de mayo de 2012

CATALINA LA MEADA


Cuentan que en San Juan Bautista el niño más tremendo se llamaba luis Rafael. Su madre se llamaba Francisca Catalina, pero siempre quiso que la llamaran Pancha. La madre de Pancha se llamaba Catalina Filomena y la verdad sea dicha: A la pobre Francisca le tocó soportar a una madre con carácter desagradable, lengua viperina e ínfulas de reina. Por ese motivo todos la llamaban: CATALINA LA GRANDE.
La fiera Catalina vivía en El Cercado, siempre tenía un burro a mano para llegar a San Juan Bautista y meterse todo el día en la casa para atormentar a la hija con sus letanías mortuorias:

-Búscate un hombre Francisca, eres la comidilla de este pueblo. 
-¡Come mijita! pareces una veleta.
-Esos muchachos están muy pálidos, hay que purgarlos Francisca.
-De todas mis hijas tú eres la lamparosa, ¡que desgracia!

La mujer soportaba todo el cardumen de insultos y malas maneras de su madre porque era una hija como pocas, sumisa y obediente. Pero el pequeño Luis no, él ya tenia planeada la forma de vengarse de una chiva que los trataba como el peor enemigo de la familia y no como una abuela cariñosa. 
Luis Rafael montó la cacería. Catalina la grande siempre venía a la casa montada en su burro bajando por el estrecho caminito de la sierra rico en árboles muy frondosos que bordeaban la senda hasta la llegada al pueblo. El niño solo tuvo que escoger el más acorde para su fechoría.
Se encaramó en la mata de mango que custodiaba el final del camino a solo cien metros de la casa y esperó. Había bebido más de cuatro vasos de guarapo de caña y tenía la vejiga lista para disparar, el burro pasó despacito y encima del burro la vieja echándose viento con un pedazo de cartón. 
Calladamente Luis se bajó el cierre del pantalón, apuntó y comenzó a mear y mientras meaba la vieja decía:

-Ay Cristo redentor, ¡está lloviznando! Apúrate burro. 
-Ay fó, ¿que vaina es esta Virgen Del Valle?

Y al percatarse de la meada que le echó el nieto, dijo:

-¡¡Mira muchacho de mierda!! Esta vaina la va a saber Francisca.

Claro que lo supo, pero con que gusto se ganó Luis la pela que le dio su madrecita, que disimulaba la risa viendo a Catalina la grande totalmente meada clamando venganza junto a su burro en medio de la calle.


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