martes, 17 de abril de 2012

EL CIEMPIÉS

Salí de rehabilitación despues de casi dos años de terapia, abstinente, contenida y llena de recelo ante un mundo que no se dio por enterado de mi retorno. Viví durante tres años en un cuarto de 4 metros cuadrados con un televisor prestado, tres mudas de ropa, una cama, un jabón, un shampoo, crema y cepillo de dientes. Era el espacio ideal donde solo cabíamos mis poemas y yo, nadie mas.
Una noche sentí como el miedo derritió mi cuerpo cuando desperté de madrugada, encendí la luz, y vi un ciempiés caminando por la pared, acercándose a mi cama.
 Mi primera reacción fue de pánico. Pude haber gritado o en todo caso matado al horrible polípodo, pero no hice nada, solo me quedé inmóvil y esperé en silencio.
 El ciempiés se deslizó lentamente sobre la cama a centímetros de mi temblor; explorando. Movía sus antenas, quizás preparándose para atacar, quizás decidiendo donde enterrar sus colmillos al detectar mi calor corporal.

 Quizás desconcertado, perdido… en tierra extranjera, sin conocer a nadie.

 En otra época no me hubiese importado si me picaba o no. Las ratas solían recorrerme todo el cuerpo cuando me dormía en el piso, intoxicada y sola.
 Fui un ciempiés en tierra extranjera. Tal vez estoy viva porque alguien como yo, a punto de matarme prefirió detenerse y mirarme mientras luchaba por encontrar el camino de vuelta a casa.
No pude evitar sentir que ambos atravesábamos por la misma Odisea, pero siendo tan parecidos nunca seremos iguales. Él es un depredador que sirve de alimento a otros depredadores más grandes, yo casi me mato a mí misma.
Decidí ser justa y no reaccionar con las vísceras. Con lentitud, a fin de no molestarlo, tomé la bolsa de papel donde guardaba mi pan, la abrí y lo hice entrar en mi improvisado medio de transporte. Salí en silencio al fondo de la casa y lo solté en la jardinera para que volviera al mundo al que pertenece.
 El ciempiés salio de la bolsa y desapareció entre el follaje de hierba.
 Respiré profundamente, ¡El aire de la noche era tan fresco!
Volví a mi cuarto y me acosté a dormir pensando en el ciempiés y su breve paso por mi vida. No pude evitar sentirme alegre por él, coincidimos por un momento en nuestro viaje hacia destinos muy diferentes.
El obtuvo otra oportunidad de vivir, y yo ya no estaba loca por morir en un mundo demasiado pequeño para perderme.

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