jueves, 1 de marzo de 2012

POR AQUÍ TE VEO GRANDOTA

Mi madre siempre recordaba ese Viernes cuando Gumersinda Calatrava y su nieto Argimiro llegaron a la casa de visita. Después de muchos cálculos mis hermanos y yo llegamos a la conclusión de que ese encuentro inesperado duró mas de ocho horas ininterrumpidas, con el monólogo más horripilante que haya montado una mujer lengua larga junto al nieto de seis años, especialista en echar vaina, entre otras cosas.

A las siete y media de una mañana tranquila que no se veía distinta de otras, la vieja pasó adelante como una exhalación, agarrando al muchachito del brazo, y sin muchas formalidades se bebió el café de mi madre que todavía estaba en dormilona, y se sentó en la sala, para no pararse más nunca.

Ese día no se hizo ni desayuno ni almuerzo, no se lavó la ropa ni se limpió la casa, no le dimos alpiste a los loritos australianos ni pudimos ver la televisión, pegados todos detrás de la puerta de la sala que reverberaba con la sonora voz de Gumersinda, que sin parar contaba todo el sartal de chismes que se sabia hasta la fecha. Y como sabia de chismes la vieja condenada.

Que si la mujer de Eurípides se fue a vivir con el hijo del padrino de la boda, que si el viejo Domingo Antunez se emborrachó en un bautizo y se cagó los pantalones en plena fiesta, que si la nieta preferida de Josefina Bellorini dejo la universidad para casarse con un gitano profesor de teatro y terminó como bailarina de flamenco para escándalo de toda su familia, que si esto o aquello... mientras el muchachito danzaba por toda la sala poniéndose las manitas como anteojos diciendo:

- ¡¡Por aquí te veo grandota!!.

Y despegaba el vuelo por toda la sala como avioneta sin tren de aterrizaje, sus zumbidos de mosca llenando toda la casa, para detenerse justo en la cara de mami, poner otra vez las manitas de anteojos y decir:

- ¡¡Por aquí te veo chiquita!!.

Cuando por fin se fue Gumersinda y su fastidioso muchacho, tuvimos que recoger a mamá del sillón, darle agua fría, unas palmadas de ánimo, masajes en la espalda y de paso preparar la cena. Y aunque pasaron muchos años de aquella maratón de antología, ese día paso a formar parte de las crónicas, relatos y comicidades de mi familia.
Gumersinda pasó a la historia sin saberlo. Y de aquel niño, ni se diga.

Hay historias dulces que merecen ser escritas. De sus vidas queda el recuerdo y el verso que me inspiran sus anécdotas. Desde la mayor hasta la más pequeña de la descendencia de mami, solo tenemos que decir la conocida frase, para que todas soltemos la risa:


-¡Por aquí te veo chiquita!
-¡Por aquí te veo grandota!

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