viernes, 16 de marzo de 2012

MEMORIAS

En la madrugada, mientras escribía, un pequeño escarabajo rojo se detuvo justo en mi antebrazo derecho. 
Comenzaba a garabatear un poema - uno de esos lastimeros pedazos de vidrio que tanto me gusta escribir- y en cuanto llegó no tuve ojos para nada más. Solo miraba al insecto rojo que se instaló en mi brazo y disgregó mi mente.
Lamento tener que admitir que soy mala anfitriona de estas visitas invertebradas, pero con este visitante fui indulgente. En lugar de triturarlo con el zapato o aplastarlo entre las hojas de un libro, me quedé inmóvil casi una hora mirando como se encaramaba en los vellos de mi brazo, curioseando.
Y recordé la primera noche que pasamos juntas, la primera vez que te vieron desnuda mis ojos delirantes, y derramaste sobre mí tu carne, tus brazos ceñidos a mi cuerpo, faros en la profundidad de la nada. Te quedaste dormida esperando el amanecer para retornar a tu prisión de adobes.
El escarabajo voló, empezaba a clarear y necesitaba café. Me levanté y fui a la cocina.
Quise recordar como eras y cuanto te adoraba, pero hasta eso se fue volando sin más posteridad que una memoria lerda, ingrata e infame.

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