domingo, 4 de marzo de 2012

HAMBRE


Desperté en una cama desconocida. Un cuarto, cuatro paredes mal pintadas y una mesa llena de botellas y encendedores vacíos. La ventana que daba hacia la calle estaba cerrada, no lograba percibir los sonidos del día.
Comenzó a salir el sol a raudales y durante un instante miré a mí alrededor. Estaba sola, afortunadamente para mí. Tenia todo el cuerpo pegajoso de sudor y el característico hedor a papel quemado que desde hacia años era mi olor corporal.
Mi ropa estaba regada en el suelo, todo aquel cuarto apestaba. Me levanté, di unos pasos y abrí la ventana.
 Me traspasó la cara el aire del amanecer, el olor de los autos y los puestos de comida, los chicos vendiendo los diarios y la gente caminando en las aceras.
Yo estaba muerta, desnuda en una habitación que no lograba reconocer, desencajada, carcomida por las escaramuzas nocturnales.
No tenia idea de como había llegado a ese lugar, pero daba igual pensar en eso a tan temprana hora de la mañana. Tenía sed.
Sentí un desesperado deseo de comer y tomar agua fría, un maldito vacío en el estomago que me atormentaba cada amanecer de cada día. Tenia el hambre de los hijos de puta que sustituyen la calle por cárcel, de las perras en celo que viven la noche entera comiéndose los dedos de las manos esperando llegar vivas al día siguiente.
No había espacio para llanto ni lamentaciones, yo decidí vivir de esa manera.
Me vestí rápidamente y salí de un tirón de aquel cuarto, bajé unas escaleras pintadas de azul y me arrojé a caminar por la calle. En cuanto pude tomé atajos que me ayudaban a ser invisible ante la gente.
Suspiré. Mire a todos lados y volví a caminar dolorosamente, con los ojos fijos en el suelo. Con algo de suerte podría llegar a casa en dos horas. Tal vez aparecería algún cabrón en una esquina con una bolsa de pan en las manos o quizás con un plato de comida. Pensar en ello me ayudaba a caminar de vuelta a la incertidumbre.
Nunca me llevaron comida los que tanto me amaban, solamente droga.... para saciar el hambre.

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