miércoles, 4 de enero de 2012

DE NADA SIRVE



   Era Jueves, lo sé porque ese día cumplía años de muerta una amiga muy querida, aunque ya no recuerde su nombre. Pero estoy segura de que era Jueves y de que ella estaba muerta.

   El taxi me dejó a las puertas del cementerio. Entrando al camposanto un viejo vendedor de flores que despedían un singular olor a carne demasiado condimentada se acercó a mi y sin que yo se lo pidiese me hizo compañía. Mientras yo iba en silencio el hombre hablaba sin descanso. Involuntariamente me detuve por un segundo cuando lo escuché decir muy convencido que "era un disparate rezarle a un muerto".

   -No vale la pena señora -dijo el extraño centinela- El alma inmortal por fin ha escapado al yugo que significa vivir. Ante tal emoción de gozo, el rezo sucumbe.

   El florista hablaba mientras yo veía las lápidas oyendo su  monólogo que parecía sugerir mi propia muerte. En cada gesto y en cada afirmación que hacía se me congelaba la sangre, su palabrería sonaba cada vez más cierta.

   -Es algo muy parecido a tener un horrible lunar en la espalda, o una cicatriz muy grande en la cintura, o un  deseo imposible en el corazón... o un mal sueño que todas las noches nos atosiga el alma. Sabemos que allí están, pero no miramos, porque el terror nos ciega y sobrecoge.

  Definitivamente hay viejos que son un asco, pero hay otros muy sabios. El hombre tenía razón, por donde se le mire, el que ha partido de este mundo duerme en mullidos prados hechos de arcoíris y no sabe nada del dolor.

  Ya no recuerdo tu nombre... yo, que tanto decía que te amaba y en vida jamás te regalé flores, justamente porque mientras viviste, jamás te quise. 

  A qué vine, aún no lo sé. Vine a buscar inútilmente a quién ya no está, vine a las puertas del averno o a las puertas de mi destino tan solo para escuchar a un desconocido con rostro de Caronte decirme una y otra vez:

   -De nada sirve rezar señora. ¡Los muertos nos compadecen!

FIN.

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