jueves, 6 de diciembre de 2012

UN GESTO DE AMOR


    Hoy, justamente hoy se cumple un año de ese día. 
No fue fácil ver a Carlos hacer las maletas en silencio, ir pausadamente guardando todas sus cosas en el coche, ponerse la chaqueta de cuero marrón que le regalé dos años atrás y decirme con su característica expresión de suficiencia: 
-No vayas a dramatizar las cosas, Delma. Tú y yo sabíamos que me marcharía de aquí tarde o temprano. 
No le respondí. No le daría el gusto de verme gritar o expresar mi dolor mientras se iba a vivir con otra sin ningún aviso ni mayores explicaciones. 
 
-No veo a Gaspar-Carlos comenzó a buscar a su adorado perro-Gaspar, ¡Ven con papi!
 
Hasta en su ridículo afecto por ese perro era un hombre amoroso. Mientras más lo llamaba, -agitando impaciente las llaves de su auto, -más me sentía como una insignificante mierda.
El perro no aparecía, no estaba en la sala, ni en la cochera, ni en el patio donde tanto le gustaba  correr para hacer agujeros en la tierra y perseguir saltamontes. 
Después de casi una hora buscándole, al fin se dio por vencido diciéndome al abrir la puerta de la casa: 
-El lunes vendré a llevármelo, adiós Delma. 
-Qué hijo de puta... -apenas entreabrí los labios para responderle. 
Él no me escuchó, ya se había marchado. 
 
Recuerdo que ese día, cuando Carlos se fue de la casa, me quedé parada en la sala durante horas viendo la puerta como un zombie. 
Cuando reaccioné, miré las botellas de bourbon del bar y sin más, empecé a beber. Solamente borracha comienza una a llorar por todo y por nada.
Desperté en el suelo, era de noche y la casa estaba totalmente a oscuras. 
Fui hacia la habitación; me dolía horrendamente la cabeza. Tenía el cuerpo pegajoso, estaba toda llena de vomito y sudor. 
Cuando abrí la puerta del cuarto, quedé paralizada. 
Allí estaba el adorado perro del cabrón que me abandonó con el mayor cinismo. Sentado sobre la cama, mirándome fijamente; el perro labrador de mi ex marido no se movía, solo me miraba en silencio. 
No me aguanté, le lancé la lampara de noche y le di justo en la cabeza. 
El perro aulló de dolor, y un hilo de sangre cayó por su oreja derecha. Pero en vez de correr o ladrar, Gaspar se acurrucó sobre la cama y me siguió mirando fijamente. 
No sé que me pasó... no tuve fuerzas para echarle e inmediatamente me arrepentí de haberlo golpeado. Me desvestí, me di un baño y me acosté en la cama. 
El perro se acomodó a mi lado, todavía sangraba. 
Tomé la funda de la almohada de Carlos, destapé un frasco de alcohol que estaba en la mesa de noche; y muy lentamente, Gaspar y yo comenzamos a curarnos las heridas. 
 
Hace un año de aquellos días tan confusos
Voy saliendo al mercado a comprar todo para la cena, los amigos vendrán en la noche. 
A Gaspar le he preparado un pastel de carne para él solo. 
Ni que decir tiene que jamás se lo devolví a su dueño, ni el perro ni yo le quisimos de vuelta en nuestro dormitorio. 

viernes, 30 de noviembre de 2012

EL PERRO MUERTO

El perro amaneció tirado en la esquina, a pocos metros del ambulatorio del seguro social. La vendedora de café y revistas de la acera de enfrente fue la primera que lo vio y rápidamente echó a correr calle arriba para avisar a sus comadres: 
–Negra, Gregoria, vénganse conmigo. Acaban de encontrar a un perro muerto en la acera del cobre. 
–¿Cómo? Qué desastre... Mi nieto vende fruta en esa calle. Ahora tendrá que esperar a que venga el camión de la municipalidad y se lo lleve. 
  –Si claro-Una vieja rezongó malhumorada- Y mientras tanto esto se va a llenar de policías, cierran la vía y la gente no pasa por acá por andar averiguando. ¡Así no vendemos nada comadres!
  –¡Vamos a ver si lo arrean ligero! 
La esquina comenzó a llenarse de curiosos, unos pasaban de largo por la calle sin notar la presencia del cadáver ennegrecido y cubierto de harapos, otros se detenían y murmuraban: 
  –De que habrá muerto el pobre... 
 –¿De que va a ser?- un hombre dijo con presteza-de borrachera y droga, tanta piedra que fumó le colapsó el culo. 
Todos a una comenzaron a reír, en ese momento llegó el camión de la alcaldía y los curiosos callaron. 
 –A ver López -un funcionario gordo y de pronunciada calva  bajó del vehículo y comenzó a mandar –Saca la carretilla para montar a este negrito sin perder tiempo, hoy tenemos mucho trabajo.
 –Mira que venir a morirse este infeliz en pleno centro-El cuerpo se desmigajaba en la carretilla, despidiendo el hedor característico de los indigentes. El gordo exclamó:
 –Como apesta este tipo. Arranca López, vámonos que para luego es tarde. 
El camión se alejó y la gente comenzó a dispersarse. Solo una señora se quedó en el lugar, mirando la acera donde murió aquel desconocido durante la noche. 
 –Quien sabe si tenía familia –la mujer murmuró para si– no es justo morir de esa manera. Era un ser humano, no un animal. Que Dios nos perdone.

martes, 27 de noviembre de 2012

LA SERENATA


En el poblado del Guaral, lejano caserío ubicado en las frondas del cerro Montecristo, la noche transcurría con la serenidad de siempre. A veces rompía el silencio el ladrido de algun perro y el aleteo de los insectos en el aire, pero salvo esos leves sonidos que en nada perturbaban el sueño de las gentes, nada pasaba de extraordinario en la noche, llena de vientos, zancudos y luciérnagas. 
La ventana de la casa mayor, justo al principio de la plaza del Guaral, estaba abierta de par en par. La casa mayor la llamaban todos, porque allí vivía el alcalde del pueblo, Don Severino Palo de Agua, junto a su esposa, Gardenia Caracol y su hija, Mercedes del Valle, llamada Mercedita por sus amorosos padres. 
Todo el pueblo dormía plácidamente, bueno... casi todos. 
Al fondo del largo callejón que daba a la encrucijada; al extremo opuesto del pueblo, se comenzó a escuchar el rumor de muchos pasos. A medida que pasaban los minutos, ya cercana la medianoche, el rumor se acercaba por la plaza y las voces se escucharon con claridad:

-No juegue Cristóbal, a ti solo se te podía ocurrir venir al Guaral a esta hora, con este frío tan arrecho, nomas a cantarle una serenata a Mercedita. 

-Yo se lo prometí primo, "a las doce me traes la serenata" así que no se ponga con vainas y acompáñeme, que ya el mariachi está dispuesto. ¿Todos tienen su sombrero? 

-Todos patrón-El director del mariachi susurró mientras espantaba los insectos que se le metían en el gastado traje-en cuanto usté diga nos jalamos pa la ventana de la siñora. 

-Coño Cristóbal- el primo no disimulaba su preocupación-Si nos sale Don Severino se nos va a joder la serenata. 

-Pues que se joda, pero yo se lo prometí a Mercedita-Cristobal suspiró enamorado-No quiero que piense que soy un bolsa. -Vamos muchachos, todos pa la ventana y ya saben, llegamos y arrancan tocando "la negra". 

-Nosotros nos sabemos también "la cucaracha" patrón. 

-Que cucaracha del carajo chico. Ustedes tocan lo que les dije, !Vamos! 

Ya muchos en la calle estaban asomados en las ventanas por la sonora cantaleta de los músicos y los perros alborotados ladrando por la calle. Los mariachis llegaron al pie de la ventana de Mercedita, y comenzaron a cantar:

"Negrita de mis pesares 
hojas de papel volando 
A todos diles que si 
pero no les digas cuando 
así me dijiste a mi 
por eso vivo penandooooo".

El estruendo fue tan grande que se encendieron una por una todas las luces del Guaral y Cristobal, trepado en el postigo para besar a la novia, se quedo con la boca abierta cuando salió la muchacha en dormilona por la ventana y dijo:

-Cristóbal, corre mi amor !Que papá ya sale con la escopeta!

-!Tú me dijiste que viniera mi vida!

- Siii, pero te dije al mediodía, no a esta hora. !Corre coño! 

Cuando sonó el primer escopetazo ya los mariachis habían pasado de largo la encrucijada. Se rompió una guitarra y los perros se comieron un sombrero de charro, pero nadie salió herido gracias a Dios. 

Seis meses después se casó Cristóbal con su adorada Mercedita en un fiestón que celebró el pueblo entero. 
Y el mismo mariachi tocó en la fiesta de los novios, con trajes nuevos hechos a la medida y un guitarrón Veracruzano que les regaló el Señor alcalde. 

viernes, 12 de octubre de 2012

MYRNA

No hay otra cosa en mi mente desde esta mañana.
Myrna siempre se levanta antes de las seis para preparar el desayuno. Cuando apenas comienzo a estirarme en la cama al sonar el despertador a las 6.30, ya ella está lista para salir, mirándome risueñamente mientras tintinea las llaves de su auto: 

-Apúrate, o me voy yo primero. 

A las 7 a.m. Myrna enciende el televisor y sintoniza el canal de noticias. El olor del café recién hecho se siente en toda la casa; luego de darme una buena ducha y cepillarme los dientes, me visto y voy a la sala. 
En la mesa desplegable está servido nuestro desayuno: huevos, jamón, pan y mermelada con jugo de naranja, todo primorosamente dispuesto antes de irnos a trabajar. 
Myrna sonríe mientras me siento y me da un beso de buenos días, termina su desayuno cuando yo comenzo a comer.

-Apúrate. No puedo llegar tarde hoy al trabajo.

Hace un año atrás nos conocimos en un museo. Lo que comenzó cómo una conversación de dos aficionadas sobre pinturas del renacimiento fue animándose hasta finalizar en una temeraria invitación a comer que ella aceptó encantada. Desde aquel día no volvimos a separarnos. Un año con tanta dicha, pasa demasiado rápido. La verdad, no pasa. 

-Tengo que irme, amor. Termina tu desayuno. -Myrna tomó su  bolso, sus llaves y me lanzó un beso desde la puerta. 

Aplasté los puños contra la mesa. El vaso de Myrna cayó al suelo y se hizo añicos, rompiendo el silencio.
Miré el reloj. Son las 9.30 de la noche. Las sienes me palpitan horriblemente, debo llevar muchas horas mirando el suelo. 
Toda la casa está a oscuras, no me importa. La oscuridad y la quietud me ayudan a recordar.
Es difícil aceptar que Myrna no volverá.
Hoy en la mañana, cuando llegaba a su trabajo un desconocido le disparó.
Necesito cerrar los ojos, puedo escucharla mejor ahora.

-Me voy yo primero, amor. ¡Besos! 

martes, 14 de agosto de 2012

SANGRE BREVE


El cuarto de la puta se recorría entero en dos pasos: Dos a la izquierda, dos a la derecha. También podías hacerlo adelante o atrás, solo dos pasos podías dar en aquel cuarto con olor a mierda de paloma. 
Ella salió del baño totalmente desnuda; tomo un cigarrillo de la mesita de noche, se tendió en la cama y fumó en silencio. 
Yo solamente quería mirarla, así que le pregunté: 
-¿Cuánto cobras por una hora?
-No mucho mamita-la mujer exhibía su negra sonrisa desdentada-Si terminas rápido lo dejamos en veinte, ¿Qué tal?
-Muy bien-Empecé a desvestirme-Esto será rápido.
Ella dejó el cigarrillo en el cenicero y se acercó a mí. Antes de que pudiera besarme le abrí la garganta de un navajazo.
La sangre me bañó completamente la cara y los pechos. Ella abrió los ojos desorbitados, sin poder creer lo que sucedía, las manos aferrándose al cuello tratando con desesperación de cerrar la brecha por donde se desangraba.
La dejé morir en silencio. Luego fui al baño y tomé una ducha.
Al salir me vestí, volví a mirarla otro rato; parecía una muñeca vieja, roja y desnuda.
La miré un minuto más; luego me fui tan calladamente como llegué.
Volví a la calle, escuché el aullido de la noche que siempre espera.  

domingo, 15 de julio de 2012

JOSÉ CHULINGA Y SU VOLADOR

Atardecía, las puertas de la casa de los Romero estaban abiertas de par en par y el viento entraba espantando el calor que dejara el mediodía. 
Ramona la Concha estaba sentada en la salita zurciendo la ropa de trabajar de su marido y afanosamente buscaba en el costurero el carrete de hilaza negra.
- Virgen del Valle... Donde está el bendito hilo. ¡San Colargo, ayúdame que no veo! 
Para que su esposo Diógenes no rompiera tan rápido los pantalones había que coserlos con soga de amarrar barcos. Ramona buscó y después de varios minutos sin poder hallar la hilaza, salió al porche y dijo:
- ¡José Chulinga, donde pusiste el hilo de coser los pantalones de tu papá!... Ya vas a ver cuándo te agarre. 
Cuatro cuadras arriba, en la loma que daba al ranchito de Napoleón Fermín, estaba José Chulinga con el carrete de hilaza en las manos, listo para comenzar a elevar el volador que recién hiciera la noche anterior. 
El volador era verde grana, de vivos colores de feria, armado con la mejor vara de todo San Juan Bautista y revestido de fino papel cebolla comprado en la bodega de Chico Chabelo, por dos centavos cada pliego.
El volador del niño más inquieto de San Juan, que iba en veloz carrera loma abajo para que alzara el vuelo.
- ¡Chú, tu mai te está llamando!
José Chulinga no hizo caso, una y otra vez corría por la loma buscando que un golpe de viento levantara por los aires al volador. A la séptima subida se estrelló de frente con la falda color frambuesa de su madre, que enfurecida lo agarró de las orejas gritando: 
- ¡José Chulinga!.... Hasta cuando vas a estar jodiendo por la calle niño... ¡Dame el carrete de hilo que tengo que ir a coser la ropa de tu padre!
El choque involuntario rompió el hilo que sujetaba al volador y este comenzó a caer, estrellándose en el suelo. El niño ahogó un grito de dolor.
Ramona se paralizó viendo como el niño lloraba mientras iba recogiendo los restos del volador hecho trizas. Lentamente se acercó y se arrodilló al lado del desconsolado muchacho. 

-Perdóname Chú... Ha sido culpa mía.
El niño levantó la cara, miró a su madre detenidamente y respondió:
- A veces pasa, maita. Lo repararé y volverá a volar.

Madre e hijo se fueron por la loma de Napoleón de vuelta a casa.
Al día siguiente se elevaba de nuevo el volador de José Chulinga, y marchaba el padre al trabajo con sus pantalones primorosamente zurcidos con esa hilaza hecha del mejor cariño que en ninguna parte se puede comprar.
No importa cuántas veces caigas y se destrocen tus sueños. Si no vuelan hoy, seguro volarán mañana.

viernes, 13 de julio de 2012

LA PLAZA DEL ORINAL


1 a.m. La calle exhibía a un perro vagabundo echado al pie de la fuente de aguas negras en la plaza mayor, el rancio monumento al decoro de mi bella ciudad.
Una mujer de rostro cetrino y tacones gastados llegó hasta el nogal que custodiaba la jardinera y vacilante se detuvo en el último banco de la plaza, al pie de la estatua de los héroes llenos de orine y excremento.
Que asquerosidad hacen con los próceres de la patria; debajo de sus braguetas de marmolina se apilan restos de colillas, celulares escondidos, sangre seca, preservativos usados y pistolas por usar. 
Era  muy tarde y hacia demasiado silencio. La mujer, aburrida, se preparó una pistola* y se sentó a fumar.
El perro levantó las orejas, avistando la sombra que saltó sobre los bancos y agarró violentamente a la mujer por el cabello. Los ladridos no cesaban, el perro no paró de ladrar toda la noche.
La mujer amaneció tirada en la maleza con un tiro entre las cejas. 
Todos presentíamos que eso pasaría; la semana anterior había robado a un cliente el celular y el dinero que llevaba, ella nunca supo que el hombre al que robó era policía. 
Sin embargo, algo siempre me dijo que ella en todo momento supo a quien robó y lo hizo adrede.
Ella quería morir, por eso buscó un rápido pasaje sin retorno.  


*cigarrillo relleno con droga

martes, 3 de julio de 2012

EL AFRENTOSO ENTIERRO DE AGUSTÍN BOADA

Un 27 de septiembre muy temprano en la mañana reventó tremendo alboroto en la casa no.145 de la calle principal de El vergel cuando Dominga Vicent, conocida por todos como la flor cochera, encontró en su cama el cuerpo sin vida de su marido Agustín Boada.
80 años contaba Agustín al momento de su muerte.  Fue toda su vida el gallo marote más popular y enamorado de todo El vergel.  Marido de todas las mujeres, padre de todos los muchachos que nacieron en esas épocas donde los hombres migraban hacia tierra firme y las muchachitas miraban en el cielo el vuelo de las palomas que zigzagueaban anunciando a las doncellas que el momento de convertirse en mujer estaba por llegar y no había mucho bahareque de donde escorarse.
 
Todas pensaban lo mismo cuando aquel Agustín adolescente pasaba por el frente de las casas montado en su bicicleta picándoles el ojo a las niñas. Los más viejos rezongaban y solo murmuraban muy bajito para que todos oyeran:
-Mujer que mire a Agustín Boada… ¡Ojos que te vieron paloma turca!

  La madre de Agustín, Modesta Marcano “La Testiguera”, tuvo en brazos a su primer nieto cuando Agustín tenía trece años. Al principio se reía cuando uno tras otro los muchachitos le empezaron a decir abuela, pues ella con solo 28 años no se sentía como tal. Veintitrés años después cuando le llevaron el nieto número 18 solo torció la boca para decir:
 
  - Miren vergas, antójense de otro hombre, ¿Qué no hay más machos en El vergel que el hijo mío?
 
  Con el correr de los años cuando las parejitas se enamoraban y hacían planes para casarse, el cura del pueblo invariablemente les preguntaba:
 
  - Pedro, Teresa. Pregunten a sus mamás si de muchachas anduvieron con Agustín Boada. Por si acaso hijos míos.
 
Y como cosa cierta, más de un matrimonio se suspendía por razones de fuerza mayor y causas sobrenaturales. Solo Dios sabia hasta donde la sangre de Agustín Boada estaba regada por todo el pueblo.
Solo Dios sabía cómo sería ese entierro cuando lo prepararon con su paltó negro y su corbata de capitán de barco para llevarlo en su ataúd a su morada postrera.
La misa fue un rosario de gente que desbordaba la iglesia esperando que alguien de la familia hablase. En pleno sermón el padre con voz enronquecida dijo:
 
 - Dominga me ha pedido permiso para decir unas palabras de despedida a su esposo.
 
La mujer vestida de negro hasta los puños se acercó al púlpito, serenamente y con voz pausada dijo a los presentes:
 
 -Me importa un carajo lo que ustedes piensen, lo que diré es para mi esposo y solo a él le corresponde escucharme.
 
 Tomó aliento y mirando al difunto con emoción abrió un papel que a modo de carta escribiera para esa ocasión:
 
 “-Agustín de mi alma, mijo querido. Yo sabía que estabas por marcharte de este mundo la primera vez que te vi caminar como un alacrán, tú, que siempre caminabas como un rey con manto y corona. Ese día supe que ya estabas más de aquel lado que de este, y eso me llenó el corazón de gran tristeza.”
 “Es verdad amor querido que fuiste un muérgano que solo tuvo ojos para hacer muchachos, pero de todo ese gentío salieron tres médicos, una monja, un alcalde y un bombero. Cuatro maestras de escuela, cuatro reinas de belleza, dos abogadas y las dos que faltan fueron tan bandidas y arbolarias como tú, pero todos llegaron a viejos a tu vera, todos te quisieron y a todos los tuviste sentados en tus rodillas”.
 “Adiós mijo querido, siendo como fuiste un afrentoso y un morcilla, yo te amé. Espérame por allá que no tardaré mucho en este mundo de mierda que me está dejando sola sin tu presencia, ¡Tus dieciocho muchachos y yo te amamos!”
 
 Todavía no había terminado de decir las palabras cuando se comenzó a escuchar el llanto de las mujeres, todas de negro en la iglesia, todas llorando por el amante que se marchaba. Hasta la más joven, la que pariera en secreto hacía un año atrás, agazapada en un rincón escuchaba las absurdas palabras de despedida a un hombre que fue sencillamente inolvidable para todas ellas, porque amó a todas las mujeres como si fuera una sola.
Porque hay hombres que sin saberlo, fueron demasiado amados y no lo merecían.
Así es América.

sábado, 30 de junio de 2012

LA LOCURA DE AMOR DE LUISA VELÁZQUEZ Y SU NOVIO FRANCÉS


  No importa cuántos años pasen, cada vez que en Taguantar alguien se pone a hablar de la locura de amor, el nombre de Luisa Consuelo Velázquez sale al tapete de forma obligada e infaltable. 
  A Luisita todos los que la conocieron siempre supieron que era una muchacha medio rara, muy calladita y religiosa. Nadie se explica que fue lo que le pasó cuando un día se cruzó de frente con un joven francés que caminaba por Taguantar creyendo que estaba en Juangriego. Así pasa con los turistas cuando andan en Margarita, tienen los pies donde va la cabeza.
  Jean Pierre se llamaba el francés de ojos celestes que andaba tan perdido como la misma Luisa. Ella se lo quedó mirando como quien mira un espanto y se enamoró allí mismo del francés, que sin pérdida de tiempo se la llevó para el cuarto donde estaba hospedado.
Dios sabe que la mujer de esta tierra es decidida, pero cuando se desata no hay nada que la detenga. 
Más de una semana estuvo Luisa metida en el cuarto con su francés de ojos celestes. Más de una semana sin descanso, muertos de hambre y más flacos que los perros de la calle.
Se terminó la semana, se terminaron las noches de locura inextinguible. Se fue el francés a su tierra diciéndole que en las próximas vacaciones volvería a verla.
De allí dicen que regresó al idílico París de las bohemias, de aquel  Montmartre que Luisa siempre creyó que era una marca de interiores.
Cuando Luisita regresó a su casa la recibió el padre con un viaje de correazos, que era lo que se esperaba que sucediera y a los pocos días todo retornó a la normalidad. 
Luisa nunca lo supo, pero Jean Pierre no era más francés que ella. Al poco tiempo vieron al hombre en Cumaná, tocando el cajón flamenco en las fiestas de San Juan evangelista. 
Luisita se casó ocho meses después con un primo hermano que estaba enamorado de ella desde que eran niños. Fueron muy felices y tuvieron muchos hijos, de ojos marrones todos, gracias a Dios.
Taguantar es tierra de poetas, de allí siempre sale algún contador de historias que dejó en verso las peripecias de Luisita y una historia más para las leyendas de esta tierra, con sabor a Margarita:

Luisita se volvió loca con tan solo una mirada
y por un francés se puso más flaca que una palmera,
en medio de un alboroto, de su casa se saliera, 
abandonando familia, saliendo por la ventana.

Luisita perdió el decoro por el hombre que la viera
y en aquel hotel se puso como la propia catana,
aquella aventura propia de camas destartaladas
y de los amores vanos que tantos recuerdos deja.

Luisita se volvió loca por tan solo una semana,
y es que en solo una semana, se vive la vida entera. 

miércoles, 27 de junio de 2012

ARMINDA LOAIZA Y SU LORO DESDICHADO


  En Santa Ana, al fondo de la calle Manzanares había una casa pequeña de paredes blancas y zócalos azules. Sus pisos de tierra con una sola puerta por entrada y una ventana que al abrirse dejaba ver la solitaria calle. 
  En la casa vivía una mujer que todos conocían como Arminda Loaiza. Su marido era un capitán de barco que entraba y salía por temporadas. Cuando estaba en alta mar se encontraba en su elemento, cuando estaba en tierra solo quería embarcar. 
Tres años hace que murió, o mejor dicho, que zarpó y no volvió a recalar por esos parajes.
  Arminda no dijo nada cuando el marino la dejó; pero, a diferencia de otras mujeres caídas en la misma desgracia, ella no se condolió de su soltería. Sola quedó y un buen día dejó de hablar. Las últimas palabras las dijo junto a la vieja jaula del loro, presente de amor y único recuerdo del hombre que adoraba:

–Que hable el loro, porque yo no tengo nada que decir.

  El loro se llamaba Desdichado y con justa razón. Desde aquel día solo hablaba el loro, relatando el mar de soledades de su dueña.
 A una hora fija de cada tarde, las brújulas apuntan al este; todos sabían que se acercaba el momento en que las gallinas se echarían a dormir. Justo en ese instante Arminda sacaba al frente de la casa su sillón de mimbre, junto al sillón un taburete con el pocillo de café, una calilla encendida; junto a la calilla el loro que hablaba sin detenerse, mirando las luces que a lo lejos se encendían y dejaban asomar el rostro amarillento de la noche.
  Arminda fumaba y tomaba el café de una taza que jamás estaba vacía, que jamás se partía por muchas veces que al suelo se cayera. El loro la miraba y repetía el eco de los faros extinguidos de aquel llorar eterno que al secarse solo dejaba el marullo del que se fue hace tres años, pero que todavía caminaba por la casa cada vez que el loro repetía:

-Ay, Demetrio Luis, ¿Por qué no me llevaste?

  La gente pasaba  por la calle, sonreía y saludaba. Cada día de cada punto cardinal, con las gallinas echadas en las noches frías, el loro exclamaba:

- Ay, Demetrio Luis, ¿Por qué no me llevaste?

 Nadie sabe con exactitud los misterios de la mente humana. Mucho más los de una mujer que siendo tan joven no quiso saber más nada de la vida, y después de tres años de silencio decidió irse también, dejando la casa en ruinas junto al loro Desdichado que para sorpresa de todos, decía:

-Ay Arminda Loaiza,  fuiste la misma porquería.


jueves, 17 de mayo de 2012

EL NIÑO MUERTO


Lo encontró su madre al amanecer.
Estaba tirado al fondo del patio de la casa, desnudo, el cuerpecito lleno de barro, en el cuello las marcas de las manos grandes que lo privaron de la vida.
 
Nadie se explicaba tan dantesco fin para un inocente. La noche anterior la familia se acostó normalmente y todos presumían que aun dormía en su cuarto. 9 años tenía, único varón de la familia, el consentido de sus dos hermanas.
 
Durante todo el día testigos del macabro hallazgo, familiares y gente del barrio  declararon a la policía. Los curiosos desbordaron la Casa y decían a los agentes de policía que anotaban estoicamente en sus libretas:
 
 – Si señor agente, esa es la dirección. Casa número ciento cuatro de la calle Nutrias.
 
La madre se llamaba Marta y era un despojo de lágrimas agazapada en un rincón, con el llanto de quien quedó sin nada más que la muerte por compañía. El padre, Hector Gervasi, callado y cabizbajo fumaba sin pausa, rumiando maldiciones en voz baja mientras miraba hacia la calle.
 
El abuelo Gaspar, encerrado en su cuarto, se dejaba ver asomándose a la ventana, mirando al hijo en la entrada de la casa junto a los pocos amigos de la familia.
 
–Como quisiera pillar al hijo de puta que hizo esta bajeza.–El primo del padre del niño muerto vociferó nada más llegar a la entrada de la casa.–¡Qué maldito el hijo de puta!

–Baja la voz, Álvaro.–El padre del niño no estaba para ridiculeces–Marta puede oírte y ya bastante ha llorado desde que lo encontró en el patio esta mañana.
–¿Que te han dicho los de homicidios?–El primo Álvaro se sentó en  un sillón y encendió un cigarrillo.–¿Tienen algún sospechoso?
–Ni idea.–El padre fumaba su tercera caja de cigarrillos.–Llegaron hace una hora. No nos dijeron nada significativo; cualquiera pudo haber brincado la tapia para robar y mi muchacho por mala suerte estaba allí, jugando solo. No sabemos nada más.
 
Se organizó la casa para el velorio del niño. Llamaron al padre Oliva para que lo recibiera en la capilla antes de llevarlo al cementerio por la mañana. Las rezanderas llegaron al filo del ocaso y la noche entera se fue en misterios y letanías.
 
  –¡Dale señor el descanso eterno!
  –¡Y brille para él la luz perpetua!
  –¡Descanse en paz! Amén.
 
Las hermanas comenzaron a preparar al niño muerto. Lágrimas y besos se mezclaron en su frente y sus mejillas moradas. Lo lavaron en silencio cuidadosamente con agua y jabón. Habían decidido ponerle un lindo traje oscuro que su padre le había comprado un año atrás y que usó para su primera comunión con una corbata celeste que le regaló el abuelo Gaspar.
Mientras lo terminaba de vestir, su hermana Isabel notó en la parte interna de los muslos del niño unos extraños moretones. Levantó la mirada y en voz baja dijo:
 
–Marcia, ve a buscar la colonia de papá. Apúrate.

La hermana obedeció y salió en busca del frasco de colonia. Una vez sola, la muchacha aprovechó y revisó el cuerpo del niño con mayor atención. Las marcas eran de dientes; eran las mordidas de un hombre.
La joven estuvo tentada de avisar a sus padres, pero lo pensó mejor y se dirigió a la habitación del abuelo Gaspar. Él quizás sabría qué explicación podrían tener unas mordidas de esa naturaleza en el cuerpo de su hermano.
 
Entró a la habitación, estaba vacía.
 
A punto de cerrar la puerta del cuarto del abuelo, miró sin querer por la ventana que daba al patio y lo que vio le heló la sangre.
Al fondo de la casa, los pies hundidos en la tierra fangosa que bordeaba la vieja encina del patio, los pantalones caídos a la altura de las rodillas y las manos fuertemente agarradas al miembro, el abuelo Gaspar se masturbaba mirando fijamente al suelo donde horas antes hallaron el cuerpo del niño. Los ojos desorbitados, el pene erecto lacerado por los remordimientos. La hermana apenas pudo reprimir un grito de horror.
 
Al niño lo enterraron al día siguiente, a las diez de la mañana. La misa del padre Oliva fue hermosa y cálida.
Al volver del entierro hallaron al abuelo Gaspar colgado de la encina del patio. Tenía los ojos desmesuradamente abiertos, mirando al suelo, mirando hacia abajo obstinadamente, desafiando a la inercia.
Ni siquiera el padre Oliva se los pudo cerrar cuando lo enterraron ese mismo día, al final de la tarde.

jueves, 10 de mayo de 2012

LA ARAÑA DE ASUNCIÓN


 Era muy temprano en Las Cabreras cuando Asunción Velazquez se puso las peinetas de carey en el cabello, se acomodó el vestido y la cartera, se metió el tabaco en el sostén y agarró por el brazo al menor de sus muchachos para irse a la casa de su madrina Mercedes Guevara a jugar cartas.   
  Asunción vivía en un pueblo donde las ocupaciones de toda mujer de su casa estaban limitadas a limpiar, rezar, coser, bordar y tener muchachos. Como buena esposa y madre ella siempre cumplió con sus deberes en el hogar, pero no había mayor felicidad que la llegada de los jueves, día de jugar cartas desde que salía el sol hasta que se ocultaba.  
  El menor de los hijos de Asunción se llamaba Jesús, apodado Chuito. Con 3 años de edad, Chuito era un niño travieso y correlón que aprovechaba la afición de su madre los jueves para correr a sus anchas y jugar todo el día.   
  Asunción entró a la casa y saludó a su madrina, echó una mirada a los santos de la sala y se santiguó pidiéndole a Dios dejar en la ruina a todas sus rivales. La mesa de jugadoras ya estaba llena y solamente esperaban por ella Lorena, Crucita y Mercedes. Así comenzaron a jugar.  
  Asunción no ganaba una sola partida, estaban las cartas pesadas o quizás un espíritu burlón quería hacerle una jugarreta. Las compañeras de mesa se reían cada vez que ganaban y ella se quedaba muda viendo como su dinero se iba sin remedio a las carteras de sus amigas.   
  Chuito corría y sus gritos empezaron a fastidiar a la madre que en voz baja le dijo:   
  -Quédate quieto Chuito, que va a venir la araña. 
  Las mujeres la miraron extrañadas pero no dijeron nada y continuaron la partida. De nuevo se escuchó el tropel del niño y Asunción levantó la voz, más amenazante y agorera: 
  -Deja de joder mijo querido ¡que viene  la araña y te pica!  
  El muchacho hizo caso omiso de las advertencias. De pronto se escuchó el estruendo de la silla cuando Asunción se paró como una energúmena, se levantó el vestido y sin ropa interior que la molestara, empezó a correr detrás del pobre muchacho gritando: 

  -¡¡La araña, la araña!!! ¡¡Te pica la araña!! 

 El escándalo que se formó ese día lo supo todo el pueblo de Las Cabreras. Asunción Velazquez con el vestido arriba y sin pantaletas enseñándole la araña al hijo muerto de miedo que lloraba porque la araña lo picaba. 
  Pero bien valió la pena que la araña saliera, porque cuando se volvió a sentar a jugar se desató Asunción a ganar y las peló a todas. Cuando se marchó a su casa todas escucharon como le decía a Chuito con dulzura: 

  -Ya sabes mijo querido, no vuelvas a echar vaina en casa ajena porque te pica la araña. 

martes, 8 de mayo de 2012

CATALINA LA MEADA


Cuentan que en San Juan Bautista el niño más tremendo se llamaba luis Rafael. Su madre se llamaba Francisca Catalina, pero siempre quiso que la llamaran Pancha. La madre de Pancha se llamaba Catalina Filomena y la verdad sea dicha: A la pobre Francisca le tocó soportar a una madre con carácter desagradable, lengua viperina e ínfulas de reina. Por ese motivo todos la llamaban: CATALINA LA GRANDE.
La fiera Catalina vivía en El Cercado, siempre tenía un burro a mano para llegar a San Juan Bautista y meterse todo el día en la casa para atormentar a la hija con sus letanías mortuorias:

-Búscate un hombre Francisca, eres la comidilla de este pueblo. 
-¡Come mijita! pareces una veleta.
-Esos muchachos están muy pálidos, hay que purgarlos Francisca.
-De todas mis hijas tú eres la lamparosa, ¡que desgracia!

La mujer soportaba todo el cardumen de insultos y malas maneras de su madre porque era una hija como pocas, sumisa y obediente. Pero el pequeño Luis no, él ya tenia planeada la forma de vengarse de una chiva que los trataba como el peor enemigo de la familia y no como una abuela cariñosa. 
Luis Rafael montó la cacería. Catalina la grande siempre venía a la casa montada en su burro bajando por el estrecho caminito de la sierra rico en árboles muy frondosos que bordeaban la senda hasta la llegada al pueblo. El niño solo tuvo que escoger el más acorde para su fechoría.
Se encaramó en la mata de mango que custodiaba el final del camino a solo cien metros de la casa y esperó. Había bebido más de cuatro vasos de guarapo de caña y tenía la vejiga lista para disparar, el burro pasó despacito y encima del burro la vieja echándose viento con un pedazo de cartón. 
Calladamente Luis se bajó el cierre del pantalón, apuntó y comenzó a mear y mientras meaba la vieja decía:

-Ay Cristo redentor, ¡está lloviznando! Apúrate burro. 
-Ay fó, ¿que vaina es esta Virgen Del Valle?

Y al percatarse de la meada que le echó el nieto, dijo:

-¡¡Mira muchacho de mierda!! Esta vaina la va a saber Francisca.

Claro que lo supo, pero con que gusto se ganó Luis la pela que le dio su madrecita, que disimulaba la risa viendo a Catalina la grande totalmente meada clamando venganza junto a su burro en medio de la calle.


sábado, 5 de mayo de 2012

METÍ LA MANO DONDE NO ERA

Mi papá fue toda su vida un hombre ejemplar. De él jamás tuve una mala palabra, una ofensa o un golpe. Fue un hombre sencillo de modales suaves y rostro de perro bravo que jamás mordió a sus semejantes. He aquí una anécdota de su infancia:

"Yo tenia 12 años cuando llegó a la casa de visita la comadre de mi mamá. La presencia de la vieja no me interesó hasta que entró Clarita, la nieta que ese día se vino a quedar todo el fin de semana en nuestra casa. 
Recuerdo con cuánto entusiasmo pasamos el día Clarita y yo, a pesar de que sólo podíamos intercambiar sonrisas con disimulo y algunas palabras entrecortadas porque la vieja nos tenia a raya y no nos permitía estar un instante juntos.
Como a la luz del día era imposible, decidí armarme de paciencia y esperar a la noche, para así, en lo oscurito, ver de qué manera podía tocar la delicada carne de la muchacha. 
Cuando llegó la hora de dormir, el calor espeso del día había calentado tanto la casa que mi madre decidió que la sala era el mejor dormitorio para aprovechar todos el único ventilador que teníamos. Nos acomodamos todos en el suelo, nos dimos las buenas noches y se apagaron las luces. 
Por el rabillo del ojo había yo espiado el lugar exacto donde colocaron a la tierna Clarita, y en aquella oscuridad, bajo las sábanas, recalculé que yacía justo a unos 30 grados hacia la izquierda y hacía esa dirección y ángulo avanzó mi mano.
Sentí el calor de la carne desnuda y apreté con emoción...
Todavía recuerdo hasta el sol de hoy los gritos de aquella vieja vuelta una loca porque le agarré una teta, la risa de Clarita y el viaje de correazos que me dio mamá por andar metiendo la mano donde no era."

jueves, 19 de abril de 2012

AGONIZANTE


Me molestan las luces cuando manejo de noche, por eso voy despacio en carreteras oscuras.
No despegaba los ojos del camino ni se me ocurrió mirar el reloj, solo contaba las líneas blancas e intermitentes que me señalaban el rumbo a casa, mis manos aferradas al volante,
mis ojos mirándote al final del horizonte. 
Frené bruscamente al ver un gato tirado en medio de la carretera. Me estacioné a un costado de la vía y retrocedí a cierta distancia para con las luces altas poder verle de cerca. 
Se veía muy maltrecho, recién atropellado por algún taxista.
El animal convulsionaba de dolor; en su temblor agonizante me miró fijamente y me congeló el terror al escuchar tu voz desde el infierno: 

–Volverás, algún día tú volverás. 

Volví al auto y me lancé a correr, desesperada por alejarme de una muerte que no se cansó de pronunciar mi nombre.



martes, 17 de abril de 2012

EL CIEMPIÉS

Salí de rehabilitación despues de casi dos años de terapia, abstinente, contenida y llena de recelo ante un mundo que no se dio por enterado de mi retorno. Viví durante tres años en un cuarto de 4 metros cuadrados con un televisor prestado, tres mudas de ropa, una cama, un jabón, un shampoo, crema y cepillo de dientes. Era el espacio ideal donde solo cabíamos mis poemas y yo, nadie mas.
Una noche sentí como el miedo derritió mi cuerpo cuando desperté de madrugada, encendí la luz, y vi un ciempiés caminando por la pared, acercándose a mi cama.
 Mi primera reacción fue de pánico. Pude haber gritado o en todo caso matado al horrible polípodo, pero no hice nada, solo me quedé inmóvil y esperé en silencio.
 El ciempiés se deslizó lentamente sobre la cama a centímetros de mi temblor; explorando. Movía sus antenas, quizás preparándose para atacar, quizás decidiendo donde enterrar sus colmillos al detectar mi calor corporal.

 Quizás desconcertado, perdido… en tierra extranjera, sin conocer a nadie.

 En otra época no me hubiese importado si me picaba o no. Las ratas solían recorrerme todo el cuerpo cuando me dormía en el piso, intoxicada y sola.
 Fui un ciempiés en tierra extranjera. Tal vez estoy viva porque alguien como yo, a punto de matarme prefirió detenerse y mirarme mientras luchaba por encontrar el camino de vuelta a casa.
No pude evitar sentir que ambos atravesábamos por la misma Odisea, pero siendo tan parecidos nunca seremos iguales. Él es un depredador que sirve de alimento a otros depredadores más grandes, yo casi me mato a mí misma.
Decidí ser justa y no reaccionar con las vísceras. Con lentitud, a fin de no molestarlo, tomé la bolsa de papel donde guardaba mi pan, la abrí y lo hice entrar en mi improvisado medio de transporte. Salí en silencio al fondo de la casa y lo solté en la jardinera para que volviera al mundo al que pertenece.
 El ciempiés salio de la bolsa y desapareció entre el follaje de hierba.
 Respiré profundamente, ¡El aire de la noche era tan fresco!
Volví a mi cuarto y me acosté a dormir pensando en el ciempiés y su breve paso por mi vida. No pude evitar sentirme alegre por él, coincidimos por un momento en nuestro viaje hacia destinos muy diferentes.
El obtuvo otra oportunidad de vivir, y yo ya no estaba loca por morir en un mundo demasiado pequeño para perderme.

jueves, 5 de abril de 2012

EL PAYASO

En la entrada del circo todo era alegría. La función estaba por comenzar, la gente buscaba los mejores lugares para ver el espectáculo recién llegado a la ciudad.
Yo, niña, iba en compañía de mi madre, que me agarraba de la mano como siempre, con demasiada fuerza.
Nos sentamos en primera fila. Mi madre miraba de un lado a otro con esos aires de señora muy importante en un pueblo demasiado chico para ser notable. Yo solo guardaba silencio mirando la punta de mis zapatos de patente blancos. Ya conocía esa mirada intimidante de mamá, solo abría desmesuradamente los ojos con la típica advertencia que siempre me hacia:

- De aqui no te muevas.

¡El circo!. Todo baile, música y belleza.
¡Los leones, los elefantes! El algodón de azúcar, el domador y los malabaristas, el mago de conejos y chisteras.
Mis ojos de diez años no se apartaban de todo lo que surgía de la carpa. A la pista principal llegó el cortejo de payasos, los favoritos, los de grandes carcajadas, sonando cornetines y lanzando patadas, puños y bofetadas. 
Hubo un silencio que me paralizó, no escuché ni siquiera la risa de la gente, solo sus muecas desfiguradas. El tiempo se detuvo. El circo se llenó de sombras.
De forma inesperada, un payaso alto y de ojos rojos como dos cerezas se apartó del cortejo, se acercó a mí, me miró intensamente y en voz alta, dijo:

"Ríe ahora que eres una niña.
El futuro para ti es solo muerte y pena.
La faz ha de cambiarte en los
años por venir, de ti no quedaran
más que despojos y colillas de vergüenza.
De ti se alimentaran los perros, 
tu serás la carroña de las fieras"

"Lucharás, lucharás toda tu vida
¡y toda tu vida serás una sombra!
El amor que tanto te afanas en tener
tuyo jamás será.
Y todos los besos que te den
te romperán los labios y la esperanza!"

Jamás se lo conté a nadie, pero desde esa noche nunca más quise retornar al circo; y hasta el sol de hoy los payasos me llenan de terror, de ese miedo infernal a matar y a morir que jamás sentí de niña.

viernes, 16 de marzo de 2012

MEMORIAS

En la madrugada, mientras escribía, un pequeño escarabajo rojo se detuvo justo en mi antebrazo derecho. 
Comenzaba a garabatear un poema - uno de esos lastimeros pedazos de vidrio que tanto me gusta escribir- y en cuanto llegó no tuve ojos para nada más. Solo miraba al insecto rojo que se instaló en mi brazo y disgregó mi mente.
Lamento tener que admitir que soy mala anfitriona de estas visitas invertebradas, pero con este visitante fui indulgente. En lugar de triturarlo con el zapato o aplastarlo entre las hojas de un libro, me quedé inmóvil casi una hora mirando como se encaramaba en los vellos de mi brazo, curioseando.
Y recordé la primera noche que pasamos juntas, la primera vez que te vieron desnuda mis ojos delirantes, y derramaste sobre mí tu carne, tus brazos ceñidos a mi cuerpo, faros en la profundidad de la nada. Te quedaste dormida esperando el amanecer para retornar a tu prisión de adobes.
El escarabajo voló, empezaba a clarear y necesitaba café. Me levanté y fui a la cocina.
Quise recordar como eras y cuanto te adoraba, pero hasta eso se fue volando sin más posteridad que una memoria lerda, ingrata e infame.

domingo, 4 de marzo de 2012

HAMBRE


Desperté en una cama desconocida. Un cuarto, cuatro paredes mal pintadas y una mesa llena de botellas y encendedores vacíos. La ventana que daba hacia la calle estaba cerrada, no lograba percibir los sonidos del día.
Comenzó a salir el sol a raudales y durante un instante miré a mí alrededor. Estaba sola, afortunadamente para mí. Tenia todo el cuerpo pegajoso de sudor y el característico hedor a papel quemado que desde hacia años era mi olor corporal.
Mi ropa estaba regada en el suelo, todo aquel cuarto apestaba. Me levanté, di unos pasos y abrí la ventana.
 Me traspasó la cara el aire del amanecer, el olor de los autos y los puestos de comida, los chicos vendiendo los diarios y la gente caminando en las aceras.
Yo estaba muerta, desnuda en una habitación que no lograba reconocer, desencajada, carcomida por las escaramuzas nocturnales.
No tenia idea de como había llegado a ese lugar, pero daba igual pensar en eso a tan temprana hora de la mañana. Tenía sed.
Sentí un desesperado deseo de comer y tomar agua fría, un maldito vacío en el estomago que me atormentaba cada amanecer de cada día. Tenia el hambre de los hijos de puta que sustituyen la calle por cárcel, de las perras en celo que viven la noche entera comiéndose los dedos de las manos esperando llegar vivas al día siguiente.
No había espacio para llanto ni lamentaciones, yo decidí vivir de esa manera.
Me vestí rápidamente y salí de un tirón de aquel cuarto, bajé unas escaleras pintadas de azul y me arrojé a caminar por la calle. En cuanto pude tomé atajos que me ayudaban a ser invisible ante la gente.
Suspiré. Mire a todos lados y volví a caminar dolorosamente, con los ojos fijos en el suelo. Con algo de suerte podría llegar a casa en dos horas. Tal vez aparecería algún cabrón en una esquina con una bolsa de pan en las manos o quizás con un plato de comida. Pensar en ello me ayudaba a caminar de vuelta a la incertidumbre.
Nunca me llevaron comida los que tanto me amaban, solamente droga.... para saciar el hambre.