sábado, 2 de julio de 2011

CALYPSO



  Esta historia empezó hace años, el escenario: La noche. La calle se transformaba en caldo de cultivo de personajes de todo tipo. Allí corrió mucho de mi, de esa carrera por sobrevivir y llegar ilesa al día siguiente.
   Era Martes. Muy temprano tuve una pelea terrible. Le partí la cabeza a un transformista que robó a un "amigo" con el que estuve de parranda y naturalmente no se quedó con esa. buscó apoyo y cuatro hombres de tacón y falda se me echaron encima.
    No recuerdo muy bien como empezó todo, pero había que pelear y lo hice como mejor pude. Naturalmente llevé la peor parte, me masacraron. Fueron muchos golpes... Muchos.
    Quedé tendida en mitad de la calle y apenas me dio tiempo para moverme cuando un auto pasó a toda velocidad y a punto estuvo de quitarme la cabeza. Las ratas volaron cuando empezó a salir la gente de las casas para ver que sucedía.
   Logré levantarme de la acera absolutamente ignorante a las manos que intentaban ayudarme. los hice a un lado y comencé a caminar. Uno, dos, tres pasos... intenté correr, pero no pude.
   Apenas vi la reja del porche me sostuve de ella y pude entrar a mi casa... mi casa, lo que quedaba de ella. Subí en una eternidad las escaleras, entré al cuarto de mi infancia convertido en refugio de rateros, no había nadie, me abandonaron al verme caída y rastrera. Nadie se queda con el boxeador que viene de recibir  una  paliza.
   Me senté en una silla ante una pequeña mesa, las únicas dos cosas que en ese cuarto había. Suspiré aliviada y cerrando los ojos descansé un rato. Los efectos de tanto estimulante empezaban a pasar y solo era cuestión de tiempo para que yo también pasara, para que el dolor solo fuera un preámbulo de la muerte.
   Comencé a sentir los golpes y a cada paso de mis manos recorriéndome, revisándome, el dolor crecía y crecía... era insoportable. Entonces, mi mente traicionera empezó a responder y a recordar. Me levante como impulsada como un resorte y grité:
   - La caleta, Dios ¡La caleta!
Me abalancé sobre el escondrijo, el secreto, el Dorado, el anillo de los nibelungos, el oro de Cortéz... En efecto allí estaba, intacto.
 Allí estaba escondido todo el motivo de vivir que para mi existía. Mi droga.
Sin ningún motivo empecé a reír, a reír como una loca.  De repente resucitaron todas mis energías, me reía de todos mis dolores, de las contusiones terribles en mi cara deforme. En medio de mi risa noté la silueta que estaba en la puerta del cuarto y me observaba con ojos abiertos de sorpresa.
     -Calypso -dije en voz muy baja-Llegas a tiempo.
La figura de mujer entró al cuarto y pude distinguirla más claramente. Calypso era impresionante: Unos ojos cafés que eran el sueño de un pintor renacentista, un rostro donde nada estaba colocado al azar, una sonrisa bella y el cuerpo más perfecto que mis ojos hubiesen contemplado jamás. Alta, mórbida y felina. Toda ella era un desafío a las leyes de la genética y la herencia universales.
Cómo pudo salir un ser tan perfecto y hermoso de semejantes padres. La vieja, una escuálida garrapata de un poco mas de un metro y el padre, una abominación. El resultado de la fornicación entre dos seres tan horribles fue aquella Venus surgida de la más insípida espuma. Cómo terminó tan hermosa mujer en las calles entregada a la prostitución, solo ella lo sabía.
Calypso estaba con la boca abierta. Lentamente se acercó mirándome fijamente a la cara. Tomó mi rostro entre sus manos y preguntó:
   - ¿Quien te hizo esta mierda?
   - Las locas de la quinta. Quien más.
   -Tenían que ser ellos. ¡Hijos de puta!
Decidida me tomó del brazo y me empujó hasta la puerta.
   -Vamos al hospital, te vas a morir aquí como una perra.
  -No iré a ningún lado.
  -Coño, ¡estás muy golpeada!
  -Y yo jamás iré al hospital, ¡jamás! mi hermano trabaja allí... ¡jamás dejaré que me vea!!
 Calypso dejó de gritar y me soltó. Nos quedamos mirando y guardamos silencio durante un rato, afuera empezaba a llover y en las calles no quedaba un alma.
   -No deberíamos quedarnos acá... si vuelven esos perros estamos muertas.
   -No creo... a estas alturas ya se han largado de aquí.
   Calypso se acercó a la ventana y miro la solitaria avenida llena de riachuelos de agua.
   -¿Tienes un cigarro? con esta lluvia no puedo trabajar.
   -Cigarro y todo lo que pidas. eres mi invitada.
   Volvió a mirarme perpleja y solo susurró.
   -¿Tienes base?
   -¡Claro! toda la que quieras.
   El beso que me dio en la boca me hizo llorar de dolor. Esa noche la pasamos juntas y sin tocarnos nos amamos con la misma obsesión por burlarnos de la muerte que solo se vive en el mundo callejero. Solo la droga nos unió en esa noche violenta y lluviosa.
   Tiempo después me fui de esos arrabales para nunca más volver, no volví a saber de ella. Pero siempre recuerdo que al final de esa noche bestial aquella mujer de hielo dulcemente me arropó, me abrazó... y se quedó dormida.