sábado, 19 de noviembre de 2011

LOS PERROS


  –Nojoda, ¡que frío hace!
Era raro que en una ciudad tan calurosa hiciera frío. Era medianoche y las nenas estaban paradas en la esquina. Yo me limitaba a ver calladamente desde el balcón de mi casa.
  –Que mala noche-Monica pasaba por la acera- No tengo ni medio partido por la mitad. ¿Vienes a la esquina?
  -No tengo ganas de salir–respondí– luego pasas por acá y si hay base, fumamos.
  –Ya, nos vemos.
Una noche tan helada y quieta como esa tenia que ser de muy mal presagio. Me senté en el suelo, en un rincón del balcón donde nadie me veía. Desde allí ni me molestarían ni me perdería detalle de lo que pasaba en la calle. Con una botella entera para mi sola no sentí necesidad de más. 

Vi a Monica cuando llegó a la esquina, saludó aquí y allá. Justo en ese momento llegaron  los perros.

No se escucharon sirenas, ni gritos, ni voces de alerta. No hubo destellos de luces a la distancia, ni nada que delatase que eran ellos los que atacaban esa noche.
Las más ágiles y bregadas en lances de calle corrieron, saltaron cercas y muros, perdiéndose en la noche.
Monica no pudo, no tuvo tiempo de nada.
Los perros la saludaron a bofetadas y la montaron en la unidad. lo demás fue parte de la rutina nocturna.
La llevaron al callejón solitario justo enfrente de mi casa, la arrastraron de los cabellos hacia la parte trasera de la perrera, le destrozaron la cara a puñetazos, la violaron sucesivamente cinco perros. Escuché con toda claridad las obscenidades que vomitaban, y mientras abusaban de ella, Monica permanecía callada, inmóvil, sumisa, inmersa en una suerte de trance diabólico.
Solo cuando el ultimo perro gritó en pleno orgasmo ella sacó una hojilla, que relucía como centella en el fondo del callejón.
Fue un corte limpio en la garganta. El perro aulló de dolor y rabia antes de llegar al suelo, los demás sacaron sus armas de reglamento.
Cerré los ojos, me bebí la botella de un golpe y me negué a pensar en nada más.

Muy temprano por la mañana, el vecindario se aglomeraba en la calle. Una puta más que amanecía muerta tirada en el callejón.

Y los vecinos cabrones solo decían:

–Hay que hacer algo... Que alguien llame a la policía.



No hay comentarios:

Publicar un comentario