jueves, 3 de noviembre de 2011

EL ANGELITO FEO


 En el cielo todo era canto y alegría, los ángeles y arcángeles lucían sus mejores galas y desplegaban orgullosamente sus alas, muy pronto iba a nacer el señor.
   El arcángel Gabriel a las puertas del cielo comenzó a entonar las canciones que desde tiempo inmemorial dedicara al hijo de Dios:

  Cantaré aguinaldos

  Cantaré aguinaldos

  A la mar serena


  Yo seré el heraldo

  de la noche buena

  ¡Yo seré el heraldo

  de la noche buena!

   El sol salió radiante en el firmamento y se escuchó en todos los confines del universo la majestuosa voz del señor:


  -Ángeles míos -Dijo -falta poco en el tiempo de los hombres para que mi amado hijo venga al mundo. Es momento pues de que todos ustedes se dispongan a realizar la misión que os encomendare a fin de que se cumpla todo lo que ha sido escrito.


  -Tú Gabriel, -dijo el señor -vuela como jamás has volado y llega a todos los confines del planeta, llevaras la buena nueva. Nacerá en Belén el salvador del mundo y dirás a todos los pueblos:


  "Gloria a dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad"


  -Así lo haré padre-Gabriel rebosaba de gozo-volaré hasta el ultimo rincón del mundo y seré el heraldo del señor.

  -Tú Rafaél-dijo Dios omnipotente-Volarás más alto que nunca. Llegarás hasta el mismo sol y tomarás todo su resplandor. En el cielo de Belén tú deslumbrarás a la noche en forma de estrella, iluminando el camino de todos los hombres.

  -¡Brillaré como ninguna estrella jamás ha brillado padre! -Dijo Rafaél con vibrante voz.


  -Vosotros todos Ángeles míos, las más hermosas voces del universo, cantareis en el portal de Belén los más hermosos aguinaldos y villancicos, alabando la llegada al mundo de mi amado hijo.


 -¡Con toda nuestra voz le alabaremos! -Los Ángeles partieron cada quien a cumplir su misión entonando villancicos al hijo de Dios.


  El señor estaba complacido. A punto de marchar al infinito, detuvo su paso. Se percató con extrañeza que había quedado un ángel en el cielo, llorando amargamente en una nube solitaria.


  -Ori, ¿que haces allí?-Dios le dijo al ángel solitario-Deberías estar cantando villancicos en el portal con tus hermanos.


  Ori era el angelito más feo del cielo. Demasiado pequeño para ser un arcángel, demasiado grande para ser un niño. Sus ojos demasiado saltones, su nariz demasiado chata, su boca demasiado grande. Sus orejas parecían dos mariposas negras a cada lado de su cara, moviéndose como remolinos cuando se emocionaba o lloraba. Su pierna izquierda más corta que la derecha, no le permitía correr y sus alas demasiado frágiles no le dejaban volar. 

Nadie en el cielo entendía por que razón Ori era un ángel, solo Dios lo sabia.

  Muy triste Ori respondió:


 -Sabes que no canto bien padre -El rítmico revoloteo de sus orejas le delataba -No quiero desafinar el bello canto de mis hermanos. Mi niño merece algo mejor que yo.


  -Calla, sé cuanto le amas Ori -Dios le hizo señas y el angelito despacio se acercó.-Tengo para ti la misión mas importante de todas.


  -¿Que misión es esa padre? Ori levantó las orejas con atención.


  -Solo en instantes nacerá mi hijo -El rostro de Dios se ensombreció -Llegará a un mundo que no entenderá su sacrificio. Un mundo plagado de discordia, mentiras y violencia. Mi hijo llegará al mundo para lavar con su sangre los pecados del hombre; Así lo ha querido.


   Ori escuchaba impresionado las conmovidas palabras de Dios, repentinamente lleno de humanidad.


   -Mi hijo estará solo Ori, no tendrá un solo amigo. Herodes Antipas ya lo está buscando para asesinarle, celoso de su gloria. Por eso te daré la más dura de las tareas. Iras a la tierra para estar junto a mi hijo.


   -¡Yo padre! -Ori temblaba de pies a cabeza - Pero que puedo hacer yo por mi niño si ni siquiera puedo caminar bien, ni mucho menos correr. ¡Cómo podré ayudarle!


  - Si podrás. No serás más un ángel Ori -Por primera vez Dios le sonrió -Estarás al lado de mi hijo en el pesebre de Belén y le darás abrigo. Alejarás de su divino rostro los insectos, le darás calor con tu cuerpo y con esas orejas le harás sonreír en las noches. Desde hoy serás llamado el compañero inseparable del hijo de Dios.


  - ¡Padre mío! -Ori lloraba de felicidad. -¡Seré el amigo del niño Jesús!


  - No solo eso -Dios le miró fijamente -Le salvarás la vida llevándole a Egipto. Tú le verás crecer Ori. Tú serás su compañero de juegos, Tú lo verás convertirse en hombre y allí comenzará tu gran sacrificio por amor a él. 
Lo acompañaras por valles, ríos y montañas, por pueblos y ciudades, le ayudaras a llevar la palabra, la buena nueva de mi reino. Y serás tú Ori, quien lo conducirá a Jerusalén treinta años después, a encontrarse con su destino.

   -¡Si Padre! - Ori  movía las orejas como remolinos  -Yo estaré a su lado hasta el final del camino.


   -Entonces -Dios tocó la frente de Ori - Ve y que así sea.  



               
                     
   En las afueras de Belén el silencio era apenas interrumpido por el balido de las ovejas. El frío mortal del desierto calaba hasta los huesos, la gente dormía tranquilamente en sus casas.
  Los Ángeles entonaban villancicos, desde el cielo la estrella más brillante que haya visto el hombre señalaba el camino a los reyes magos que venían del oriente.
  Los pastores llegaron, se arrodillaron a la entrada del cobertizo y lo que vieron fue prodigioso.
  San José y la virgen María dormitaban. Un niño acostado en una cunita hecha de paja, su rostro iluminado por una sonrisa y a su lado, un hermoso burrito de negras crines, de nariz graciosamente chata, moviendo sus grandes orejas como remolinos, sus ojos llenos de Lágrimas.
   Más de dos mil años de aquella noche y nadie recuerda el nombre del maravilloso burrito de Belén.

   Por eso, acuérdate siempre de esta historia cuando mires un pesebre en navidad. Y jamás olvides que el burrito que está echado al lado del niño Jesús se llama Ori, el angelito más feo del cielo, el burrito más hermoso de la tierra y el mejor amigo del salvador del mundo.



                                                                         FIN


EMILIA MARCANO QUIJADA, VENEZUELA.

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