viernes, 21 de octubre de 2011

LOS DULCES DE RAMONA CARTAYA


- ¡Que venga la niña por su conserva¨e piña!
- Y que vaya pal trabajo del portachuelo p' bajo, ¿Ya te vas pal Valle Ramona?
-¡Ay mijita claro! Hay mucha merienda que vender y mucho dulce que fiar.
  Ramona Cartaya, la dulcera más alegre de todo El Valle del Espíritu Santo alistaba su cesta de dulces margariteños, se la montaba sobre la cabeza y echaba a andar por la calle Principal, tan airosa que nadie diría que la cesta pesaba.
  La calle de las dulceras despedía el mejor perfume de toda la isla de Margarita. Cuna de las típicas meriendas olorosas a anís estrellado, Una a una podías verlas a lo largo del sendero que conducía a la iglesia. Mujeres bregadas al sol calcinante del oriente, sentadas en taburetes pequeños rodeadas de sus cestas y mapires llenos de dulces criollos, rosquillas, arepas de vieja, empanadas de guayaba, dulce de piñonate envuelto en hojas de plátano que evocaban el sabor de lo ancestral, del dulce salido de los humildes fogones de la memoria.
 Sus rostros surcados de profundas arrugas por años de trabajo y salitre. Hijas de la implacable sal de la pobreza, parlanchinas y alegres.. 
Las dulceras del Valle, una bolsa de merienda de cualquiera de ellas bien valía una misa.

- ¡Ramona mujer! ¿Cuanto me salen dos empanadas y tres rosquillas?
- Tres reales mijita. Hechas de esta mañana.
- Ay Ramona ¡pero eso si está caro mijita! Ya no se puede comer un dulce en er Valle.
- Mira niña no seas tan imprudente... pregunta pa' que veas. Todas vendemos la misma vaina al mismo precio.
- Bueno tá bien. Dame acá mi merienda.
  Cada vez que iba camino al Valle en mis vacaciones, mi tía me decía: "Me traes merienda mijaa"  Y yo marchaba al Valle de mi juventud desbocada, recorriendo la calle olorosa a especias, llena de mujeres hermosas y de niños con ojos de estrellas.

- Ay mija. ¡Ya andas por aquí!! Dame razón de Hursulina.
- Muy bien Señora Ramona. Le envía saludos.
- Ay niña, ¡¡Que de años sin ver a tu mamá!!
 De vuelta a Juangriego me llevaba una pequeña fortuna en dulces. Al llegar a la casa de mi tía le entregaba su tesoro. Hubiese pagado hasta el alma tan solo por ver la sonrisa de gusto que me regalaba.
  Terminaron mis vacaciones y de vuelta en casa vi en mi equipaje una bolsita de merienda. Tomé el involuntario paquete olvidado y se lo di a mi madre diciendole:
  - Merienda del Valle mami, para que te acuerdes de tus años de moza.
  ¡Como se abrieron los ojos de mi madre y se iluminaron las mejillas de su rostro! Comió merienda sin parar de hablar, de esos días en que ella y sus hermanas compartían un solo dulce entre todas porque no había dinero para más.
  Y sus ojos se humedecían al sentir el sabor inolvidable de su estirpe que le susurraba historias del pasado.
  Yo la miraba en silencio, las meriendas de Ramona Cartaya surtían siempre el mismo efecto en todas las personas, primero te hacían sonreír... Y luego te arrancaban dos lagrimones de nostalgia.

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