martes, 4 de octubre de 2011

EL PESEBRE DE CLAUDIA



  La casa de Claudia Gil rebosaba actividad. Toda la prole de la matrona se levantó justo antes del amanecer para dar inicio a una tradición que alborotaba corazones dormidos y arrastraba primos renuentes a unirse al cortejo que dejaba la sala totalmente desnuda, pulcra y lista para lucir el pesebre de las hermanas Gil.
Eran cinco las hijas de Claudia: Mercedes. Gimena. Bertha. Blanca Rosa y Josefa. Todas de ojos grandes y negros. Todas tiernamente bellas,  cómo la luna de Santa Ana del norte. Todas juntas cual coro de silfides en torno de la figura materna y el recuerdo de un padre distante luchando en pozos y  taladros petroleros para que llegara el sustento a la familia.
   La pobreza campeaba en la humilde casa que jamás recibía el salario que manos extrañas disfrutaban, llenando días y noches de silenciosa miseria. pero el alma fuerte de la vieja no dejaba que la sonrisa de sus hijas se borrara. La vida igual se comía con agua y recuerdos de pan dulce, con un cafecito marrón todos los días.

  -¡¡Mira mijita!! Apúrate y ponte a destapar las cajas, que mamaita ya dijo que hay que poné el pesebre.

  -Primera vez en mi vida que en esta casa se pone este coroto sin parranda. ¡Ni al santo del caracol lo hemos  bailao  todavía!

   -Ay Lencho si vas a ayudar hazlo, pero que no te oiga máma porque te ganas una pezcozá.

   En el cuarto de los tesoros ancestrales de la anciana estaban las cajas que contenían toda una historia. Las imágenes envueltas en papel periódico de los tiempos de la guerra federal eran sacadas y limpiadas cuidadosamente.  El suave lecho de musgo era arena de la playa. El follaje eran macetas de helechos y flores silvestres que hacían marco a los caminitos bordeados de conchas y caracoles. Vacas y ovejas de cerámica pastando en las laderas hechas de papel y cartón, la concha más grande y nacarada en el centro del pesebre era la cuna del niño Dios.

  -Gimena... -Blanca Rosa bajó la cabeza. -No tenemos luces para que brille nuestra virgencita.

  -No las necesitamos Blanca, -Gimena levantó la voz decidida. -Los cocuyos en la noche vendrán a iluminarla.

   Un día entero de faena; Al anochecer el pesebre ocupaba toda la sala y la gente que pasaba por la calle admiraba lo hermoso que era. Las muchachas cansadas y hambrientas se bañaban en el patio, discretamente guardado por la penumbra que ya cubría casas, calles y veredas. Se vistieron con sus batas de dormir para sentarse junto a su madre venerada y rezar a solas con creciente fervor el primer rosario al pesebre de la familia.

  Va dejándose escuchar el murmullo de las letanías que mi madre desde pequeña rezaba junto a mi abuela. La dulce oración que viaja a través del tiempo y suaviza el paso de la vida. El remedo de un recuerdo llenando mis letras con la fragancia de la brisa salada y recoge el eco de un poema que quizás algún día se escriba.
  -Gracias Virgen del Valle… ¡Amén! Tapen al niño mis hijas -Claudia sonreía satisfecha- El veinticinco nace papá Dios y viene el primo Diógenes con el cajón. Le cantaremos su parranda caracolera.

   -Si máma. Dijeron todas a una: ¡Bendición!

  -Dios me las bendiga mijitas. A dormir, que ya las gallinas se echaron hace rato y los cocuyos llegan.

2 comentarios:

  1. Como ya nos tiene acostumbrados :
    ¡¡ BELLÍSIMO !!

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  2. Que recuerdos tan BELLOS Emilia.. gracias por ser TAN ESPECIAL!!! Sol de Abril!!!

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