miércoles, 24 de agosto de 2011

EL ASEO



Jueves, 11 de la noche, calle Córdoba. 
Hacia demasiado calor... un calor que quedo pegado en el asfalto como un barniz después de todo un largo día de sol asfixiante.
Grecia caminaba lentamente de un lado a otro, mirando al suelo obstinadamente. Las horas pueden ser eternas cuando quieres fumarte una pistola y no llega ni un solo cliente para salvarte.

–¡Que noche tan ñera! Y yo aquí, sola en la calle más sucia que puede haber.

  Las amigotas de correrías nocturnas pasaron en un reluciente deportivo gris y se detuvieron ante ella.

  –Loca vente, ¡nos vamos de rumba al hotel!

  Grecia sonrió entusiasmada ante la oferta que salvaba su aburrida madrugada . Al acercarse al auto sonó el disparo.
   El impacto la tiró al piso boca arriba. Del ojo izquierdo de Grecia salió un limpio surtidor de sangre que bañó la solitaria esquina.

  Amanecía. Comenzaron a llegar las máquinas del aseo municipal, que tanta falta hacen.

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