lunes, 15 de agosto de 2011

CAYA Y LA NOVELA

  Juan Griego, Calle Miranda. En la solariega casa de Caya Rosales el silencio era la voz de todos los días. El silencio de los años, esa calma que tienen los rostros de mujeres muy especiales que las hacen lucir aún más hermosas de lo que naturalmente son.
El rostro de Caya era una fuente diáfana de expresividad, tan transparente como sus ojos sin vida y su mundo pequeño, hecho a la medida de una mujer que debía tener todo al alcance de la mano. A sus ochenta y nueve años, totalmente ciega por la catarata, Caya guardaba para su ancianidad dos tesoros de incalculable valor: Su cajita de tabaco trenzado y sus novelas por radio. Las dos cosas que jamás habrían de faltarle en una vida repleta de nietas y recuerdos.

-Meña mija, dime que hora es.
-Máma, son las once y cinco de la mañana, ¡ya faltan diez minutos!
-Apúrate mija. Prende el radio y me arrimas el mecedor bien cerquita para oír bien.
- Si máma... ¡Vente que ya va a empezar!

Poco a poco, llevándola suavemente del brazo hacia la humilde salita, la nieta acomodó a la anciana en la mecedora al lado del radio empotrado en antiquísima madera de caoba, la enorme reliquia familiar que a todo volumen anunciaba el comienzo de la novela estelar por la única estación de radio que se escuchaba fielmente en la casa.

- Mija, en que fue que quedó ayer la comedia...

-¡Ay máma, acuérdate! Terminó justo cuando el bandido del Cornelio Moronta le robó los papeles de la herencia a Leonor para obligarla a que se case con él.

- ¡Ay si ya me acordé! Caya comenzó a emocionarse viendo claramente la escena en medio de las sombras. -Qué hombre tan perverso. ¡Una mujer jamás debe poseerse por la fuerza!
Comenzaron los comerciales anunciando las nuevas hojillas de afeitar de acero templado que solo costaban medio real, la pasta de dientes con flúor y sabor a menta, toda una novedad para gentes que en su vida supieron lo que era ir al dentista.
Caya se apretó las manos de la emoción cuando por fin, el locutor anunció con la teatralidad de las estaciones radiales:

"Y ahora... la novela que tiene en vilo el corazón de las mujeres: VIRGEN DE ALMA"

-Máma ¿quieres que te traiga la comida ya?

- ¡No mija, cómo se te ocurre! Ahorita no me traigas nada. Oye... Ese bandido, ese canalla del Cornelio Moronta quiere perjudicar a esa pobre muchachita. ¡Virgen del Valle, mete tu mano!

Meña sonreía viendo cómo su abuela Caya se indignaba ante la etérea villanía de los personajes noveleros. Solo agregó para que se entusiasmara más:

-¿Quieres café, mi abuela?

- Ay si, mija querida. Tráeme café, ¡Que ya Leonor le dio una cachetada a ese mampleto defendiendo su honra!

Caya vivía con un realismo enternecedor las escenas de una novela de radio que solo duraba treinta minutos. Suyas eran las frases de amor, los besos imaginarios, las voces de historieta que la llevaban a través de valles y montañas, ríos y praderas, un mundo que hacía más de veinte años no pudo volver a ver. 
Caya apretó las manos con impaciencia al oír la tétrica voz del malvado de la historia:

"¡Serás mía Leonor Alvarado! O perderás para siempre la hacienda los Guayabales"

Y Caya saltó del sillón para responder al villano, objeto de toda su antipatía:

- ¡No te dejes agarrar de ese afrentoso, Leonor!, ¡Virgen Del Valle, ayúdala!

En la parte culminante de la imaginaria disputa por la virginidad de una mujer, sonó la fanfarria que dejaba a Caya con la boca abierta, su rostro lleno de sorpresa, sus ojos sin vista irradiando una luz enceguecedora.

"Y mañana... el desenlace de la historia que ha llegado a lo más profundo de sus corazones. VIRGEN DE ALMA!"

-Ay, ya se terminó la comedia. Será hasta mañana que sepamos que va a pasar con esa pobre criatura. Apaga el aparato, mija.

Meña le puso en las blancas manos el tazón de café caliente, que Caya bebió a pequeños sorbos. Al terminarlo dijo a la nieta que esperaba amorosa:

- Ahora si, tráele la comida a esta pobre vieja.

Ya era mediodía. Desde el patio abierto, ráfagas de brisa traían el aroma de las flores de semeruco, la dulce cerecita del oriente que perfumaba toda la casa. Caya lentamente tanteaba el plato y comía los pedazos de pescado y la tela olorosa a maíz tierno, con grato sabor a orilla de la playa.

Comía con los ojos cerrados, sonriendo. Caya siempre sonreía imaginando todo lo que iba a suceder en el capítulo de la comedia del siguiente día.

3 comentarios:

  1. Emilia, qué bueno. Me has hecho recordar cómo era que mi abuela veía las novelas de la tv, ella nació en 1899 y cuando tenía yo ocho años, ella casi ni veía la pantalla que era un montón de puntos blancos y negros que no se distinguían bien y mi abuela decía: Zoqueta! No te dejes agarrar! Es que le pidió una prueba de amor. Ay Dios mío. No! va a caer! Ajá. Ya vé la muy zoqueta se dejó.

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    1. Mi abuela es parte de mi poesía y de todas las letras

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  2. Me encanta tu narrativa especialmente en este relato, Emilia. Llevas al lector allí. Enhorabuena!!!

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