viernes, 30 de diciembre de 2011

TRES DE SANGRE




   Como se queja la gente en los hoteles de mala muerte.


  Que si el estacionamiento, que si las llaves, que si la puta no colabora y en vez de hacer sexo los roba y se larga. Todas las noches hay un rosario de cabrones quejándose por todo. Y pensar que solo van por una hora aspirando echar siete polvos y ni dejan propina, pero no se olvidan de llevarse el jabón y las toallas con olor a lejía.


   - Pancho, apaga el televisor del dieciséis, que al viejo no se le para con las películas!

   - jajaja.. y como no chico! Trajo 50 gramos de mercancía de la mejor, ya mandó a buscar más cigarrillos. 

   - Vete. Luego revisas el tres. No sé qué pasa con el jodido cuarto ese.


    El aire acondicionado no enfriaba en esa habitación. Pero era el cuarto que más pedían, siempre había parejitas que buscaban el cuarto tres fijo, sobre todo los sábados. Era el único con vista al garaje y el único con ventanas corredizas.


   - Allí están los cigarros del vejete. Voy a ver qué pasa con el aire.


   - Toca primero Pancho eh? Hay un tipo con dos rubias del chino. y hace media hora que joden.


   Pancho subió las escaleras.  En dos saltos estuvo al frente de la puerta, tocó. Tac, tac, tac. Esperó... Tac, tac. Se encogió de hombros. Tac, tac! La puerta entreabierta se abrió, Pancho opto por asomarse. 


    Las mujeres estaban desnudas en la cama, una con un cuchillo clavado en medio de las tetas. la otra estaba encogida casi a los pies de la primera, parecía como si estuviese dormida, pero no. Tenía la espalda cosida a puñaladas. Toda la cama era carne y sangre. Todo el cuarto tres era un rio rojo.


   Del tipo ni pista. Nadie le vio entrar y nadie le vio salir, eso fue lo que le dijimos a la policía.


   A las dos semanas el tipo volvió al hotel. Pagaba 150 a la primera que le llegase. 


   Ni la loca maruja quiso acompañarle. 


  - Yo no me meto al tres. Demasiado calor en ese cuarto hijo de puta. 





lunes, 21 de noviembre de 2011

GRITO


Caminaba muy de prisa por la calle, iba retrasada.
Llevaba en la mano un cigarrillo, entre mis pasos y el humo tuve un acceso de tos. Esperaba de un momento a otro ver la puerta del hotel. 
Yo andaba como esas mujeres vendedoras de amor, con el maquillaje corrido, con cara de payaso.
Llegué, toqué dos veces y dije:

–Servicio de cuarto por favor.

Escuché un confuso sonido de voces, la noche comenzó a menear caderas.
Saqué el arma que llevaba bajo la blusa, la entregué al portero, entré al living.
Allí estaba ella, esperándome.
Me abrazó, muerta de risa. Fuimos a su cuarto.

Afuera se escuchaba el grito de apareamiento de los hombres.


sábado, 19 de noviembre de 2011

LOS PERROS


  –Nojoda, ¡que frío hace!
Era raro que en una ciudad tan calurosa hiciera frío. Era medianoche y las nenas estaban paradas en la esquina. Yo me limitaba a ver calladamente desde el balcón de mi casa.
  –Que mala noche-Monica pasaba por la acera- No tengo ni medio partido por la mitad. ¿Vienes a la esquina?
  -No tengo ganas de salir–respondí– luego pasas por acá y si hay base, fumamos.
  –Ya, nos vemos.
Una noche tan helada y quieta como esa tenia que ser de muy mal presagio. Me senté en el suelo, en un rincón del balcón donde nadie me veía. Desde allí ni me molestarían ni me perdería detalle de lo que pasaba en la calle. Con una botella entera para mi sola no sentí necesidad de más. 

Vi a Monica cuando llegó a la esquina, saludó aquí y allá. Justo en ese momento llegaron  los perros.

No se escucharon sirenas, ni gritos, ni voces de alerta. No hubo destellos de luces a la distancia, ni nada que delatase que eran ellos los que atacaban esa noche.
Las más ágiles y bregadas en lances de calle corrieron, saltaron cercas y muros, perdiéndose en la noche.
Monica no pudo, no tuvo tiempo de nada.
Los perros la saludaron a bofetadas y la montaron en la unidad. lo demás fue parte de la rutina nocturna.
La llevaron al callejón solitario justo enfrente de mi casa, la arrastraron de los cabellos hacia la parte trasera de la perrera, le destrozaron la cara a puñetazos, la violaron sucesivamente cinco perros. Escuché con toda claridad las obscenidades que vomitaban, y mientras abusaban de ella, Monica permanecía callada, inmóvil, sumisa, inmersa en una suerte de trance diabólico.
Solo cuando el ultimo perro gritó en pleno orgasmo ella sacó una hojilla, que relucía como centella en el fondo del callejón.
Fue un corte limpio en la garganta. El perro aulló de dolor y rabia antes de llegar al suelo, los demás sacaron sus armas de reglamento.
Cerré los ojos, me bebí la botella de un golpe y me negué a pensar en nada más.

Muy temprano por la mañana, el vecindario se aglomeraba en la calle. Una puta más que amanecía muerta tirada en el callejón.

Y los vecinos cabrones solo decían:

–Hay que hacer algo... Que alguien llame a la policía.



jueves, 3 de noviembre de 2011

EL ANGELITO FEO


 En el cielo todo era canto y alegría, los ángeles y arcángeles lucían sus mejores galas y desplegaban orgullosamente sus alas, muy pronto iba a nacer el señor.
   El arcángel Gabriel a las puertas del cielo comenzó a entonar las canciones que desde tiempo inmemorial dedicara al hijo de Dios:

  Cantaré aguinaldos

  Cantaré aguinaldos

  A la mar serena


  Yo seré el heraldo

  de la noche buena

  ¡Yo seré el heraldo

  de la noche buena!

   El sol salió radiante en el firmamento y se escuchó en todos los confines del universo la majestuosa voz del señor:


  -Ángeles míos -Dijo -falta poco en el tiempo de los hombres para que mi amado hijo venga al mundo. Es momento pues de que todos ustedes se dispongan a realizar la misión que os encomendare a fin de que se cumpla todo lo que ha sido escrito.


  -Tú Gabriel, -dijo el señor -vuela como jamás has volado y llega a todos los confines del planeta, llevaras la buena nueva. Nacerá en Belén el salvador del mundo y dirás a todos los pueblos:


  "Gloria a dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad"


  -Así lo haré padre-Gabriel rebosaba de gozo-volaré hasta el ultimo rincón del mundo y seré el heraldo del señor.

  -Tú Rafaél-dijo Dios omnipotente-Volarás más alto que nunca. Llegarás hasta el mismo sol y tomarás todo su resplandor. En el cielo de Belén tú deslumbrarás a la noche en forma de estrella, iluminando el camino de todos los hombres.

  -¡Brillaré como ninguna estrella jamás ha brillado padre! -Dijo Rafaél con vibrante voz.


  -Vosotros todos Ángeles míos, las más hermosas voces del universo, cantareis en el portal de Belén los más hermosos aguinaldos y villancicos, alabando la llegada al mundo de mi amado hijo.


 -¡Con toda nuestra voz le alabaremos! -Los Ángeles partieron cada quien a cumplir su misión entonando villancicos al hijo de Dios.


  El señor estaba complacido. A punto de marchar al infinito, detuvo su paso. Se percató con extrañeza que había quedado un ángel en el cielo, llorando amargamente en una nube solitaria.


  -Ori, ¿que haces allí?-Dios le dijo al ángel solitario-Deberías estar cantando villancicos en el portal con tus hermanos.


  Ori era el angelito más feo del cielo. Demasiado pequeño para ser un arcángel, demasiado grande para ser un niño. Sus ojos demasiado saltones, su nariz demasiado chata, su boca demasiado grande. Sus orejas parecían dos mariposas negras a cada lado de su cara, moviéndose como remolinos cuando se emocionaba o lloraba. Su pierna izquierda más corta que la derecha, no le permitía correr y sus alas demasiado frágiles no le dejaban volar. 

Nadie en el cielo entendía por que razón Ori era un ángel, solo Dios lo sabia.

  Muy triste Ori respondió:


 -Sabes que no canto bien padre -El rítmico revoloteo de sus orejas le delataba -No quiero desafinar el bello canto de mis hermanos. Mi niño merece algo mejor que yo.


  -Calla, sé cuanto le amas Ori -Dios le hizo señas y el angelito despacio se acercó.-Tengo para ti la misión mas importante de todas.


  -¿Que misión es esa padre? Ori levantó las orejas con atención.


  -Solo en instantes nacerá mi hijo -El rostro de Dios se ensombreció -Llegará a un mundo que no entenderá su sacrificio. Un mundo plagado de discordia, mentiras y violencia. Mi hijo llegará al mundo para lavar con su sangre los pecados del hombre; Así lo ha querido.


   Ori escuchaba impresionado las conmovidas palabras de Dios, repentinamente lleno de humanidad.


   -Mi hijo estará solo Ori, no tendrá un solo amigo. Herodes Antipas ya lo está buscando para asesinarle, celoso de su gloria. Por eso te daré la más dura de las tareas. Iras a la tierra para estar junto a mi hijo.


   -¡Yo padre! -Ori temblaba de pies a cabeza - Pero que puedo hacer yo por mi niño si ni siquiera puedo caminar bien, ni mucho menos correr. ¡Cómo podré ayudarle!


  - Si podrás. No serás más un ángel Ori -Por primera vez Dios le sonrió -Estarás al lado de mi hijo en el pesebre de Belén y le darás abrigo. Alejarás de su divino rostro los insectos, le darás calor con tu cuerpo y con esas orejas le harás sonreír en las noches. Desde hoy serás llamado el compañero inseparable del hijo de Dios.


  - ¡Padre mío! -Ori lloraba de felicidad. -¡Seré el amigo del niño Jesús!


  - No solo eso -Dios le miró fijamente -Le salvarás la vida llevándole a Egipto. Tú le verás crecer Ori. Tú serás su compañero de juegos, Tú lo verás convertirse en hombre y allí comenzará tu gran sacrificio por amor a él. 
Lo acompañaras por valles, ríos y montañas, por pueblos y ciudades, le ayudaras a llevar la palabra, la buena nueva de mi reino. Y serás tú Ori, quien lo conducirá a Jerusalén treinta años después, a encontrarse con su destino.

   -¡Si Padre! - Ori  movía las orejas como remolinos  -Yo estaré a su lado hasta el final del camino.


   -Entonces -Dios tocó la frente de Ori - Ve y que así sea.  



               
                     
   En las afueras de Belén el silencio era apenas interrumpido por el balido de las ovejas. El frío mortal del desierto calaba hasta los huesos, la gente dormía tranquilamente en sus casas.
  Los Ángeles entonaban villancicos, desde el cielo la estrella más brillante que haya visto el hombre señalaba el camino a los reyes magos que venían del oriente.
  Los pastores llegaron, se arrodillaron a la entrada del cobertizo y lo que vieron fue prodigioso.
  San José y la virgen María dormitaban. Un niño acostado en una cunita hecha de paja, su rostro iluminado por una sonrisa y a su lado, un hermoso burrito de negras crines, de nariz graciosamente chata, moviendo sus grandes orejas como remolinos, sus ojos llenos de Lágrimas.
   Más de dos mil años de aquella noche y nadie recuerda el nombre del maravilloso burrito de Belén.

   Por eso, acuérdate siempre de esta historia cuando mires un pesebre en navidad. Y jamás olvides que el burrito que está echado al lado del niño Jesús se llama Ori, el angelito más feo del cielo, el burrito más hermoso de la tierra y el mejor amigo del salvador del mundo.



                                                                         FIN


EMILIA MARCANO QUIJADA, VENEZUELA.

viernes, 21 de octubre de 2011

LOS DULCES DE RAMONA CARTAYA


- ¡Que venga la niña por su conserva¨e piña!
- Y que vaya pal trabajo del portachuelo p' bajo, ¿Ya te vas pal Valle Ramona?
-¡Ay mijita claro! Hay mucha merienda que vender y mucho dulce que fiar.
  Ramona Cartaya, la dulcera más alegre de todo El Valle del Espíritu Santo alistaba su cesta de dulces margariteños, se la montaba sobre la cabeza y echaba a andar por la calle Principal, tan airosa que nadie diría que la cesta pesaba.
  La calle de las dulceras despedía el mejor perfume de toda la isla de Margarita. Cuna de las típicas meriendas olorosas a anís estrellado, Una a una podías verlas a lo largo del sendero que conducía a la iglesia. Mujeres bregadas al sol calcinante del oriente, sentadas en taburetes pequeños rodeadas de sus cestas y mapires llenos de dulces criollos, rosquillas, arepas de vieja, empanadas de guayaba, dulce de piñonate envuelto en hojas de plátano que evocaban el sabor de lo ancestral, del dulce salido de los humildes fogones de la memoria.
 Sus rostros surcados de profundas arrugas por años de trabajo y salitre. Hijas de la implacable sal de la pobreza, parlanchinas y alegres.. 
Las dulceras del Valle, una bolsa de merienda de cualquiera de ellas bien valía una misa.

- ¡Ramona mujer! ¿Cuanto me salen dos empanadas y tres rosquillas?
- Tres reales mijita. Hechas de esta mañana.
- Ay Ramona ¡pero eso si está caro mijita! Ya no se puede comer un dulce en er Valle.
- Mira niña no seas tan imprudente... pregunta pa' que veas. Todas vendemos la misma vaina al mismo precio.
- Bueno tá bien. Dame acá mi merienda.
  Cada vez que iba camino al Valle en mis vacaciones, mi tía me decía: "Me traes merienda mijaa"  Y yo marchaba al Valle de mi juventud desbocada, recorriendo la calle olorosa a especias, llena de mujeres hermosas y de niños con ojos de estrellas.

- Ay mija. ¡Ya andas por aquí!! Dame razón de Hursulina.
- Muy bien Señora Ramona. Le envía saludos.
- Ay niña, ¡¡Que de años sin ver a tu mamá!!
 De vuelta a Juangriego me llevaba una pequeña fortuna en dulces. Al llegar a la casa de mi tía le entregaba su tesoro. Hubiese pagado hasta el alma tan solo por ver la sonrisa de gusto que me regalaba.
  Terminaron mis vacaciones y de vuelta en casa vi en mi equipaje una bolsita de merienda. Tomé el involuntario paquete olvidado y se lo di a mi madre diciendole:
  - Merienda del Valle mami, para que te acuerdes de tus años de moza.
  ¡Como se abrieron los ojos de mi madre y se iluminaron las mejillas de su rostro! Comió merienda sin parar de hablar, de esos días en que ella y sus hermanas compartían un solo dulce entre todas porque no había dinero para más.
  Y sus ojos se humedecían al sentir el sabor inolvidable de su estirpe que le susurraba historias del pasado.
  Yo la miraba en silencio, las meriendas de Ramona Cartaya surtían siempre el mismo efecto en todas las personas, primero te hacían sonreír... Y luego te arrancaban dos lagrimones de nostalgia.

sábado, 15 de octubre de 2011

LUZBEL




  El día que Luzbel tocó de nuevo las puertas del cielo pidiendo perdón por milenios de rebeldia, nadie lo supo en la tierra. Solo Dios que lo miró fijamente y le preguntó:

-Al fin te arrepientes?

Luzbel bajó la cabeza y dijo:

-He perdido mi reino padre, el mundo me ha despojado y nada me queda.

  Dejó Dios entrar al vencido Luzbel y dispuso que la tierra viviera sin Satán, a su libre rumbo y albedrio.

  Y fue la tierra poblada por seres mortales, angeles caídos de alas cortantes que en su batir despiden  hambre, miseria,  enfermedades, guerras y odio.

  Luzbel es un cuento de hadas. Hasta los niños saben que el verdadero infierno está en la tierra.

martes, 4 de octubre de 2011

EL PESEBRE DE CLAUDIA



  La casa de Claudia Gil rebosaba actividad. Toda la prole de la matrona se levantó justo antes del amanecer para dar inicio a una tradición que alborotaba corazones dormidos y arrastraba primos renuentes a unirse al cortejo que dejaba la sala totalmente desnuda, pulcra y lista para lucir el pesebre de las hermanas Gil.
Eran cinco las hijas de Claudia: Mercedes. Gimena. Bertha. Blanca Rosa y Josefa. Todas de ojos grandes y negros. Todas tiernamente bellas,  cómo la luna de Santa Ana del norte. Todas juntas cual coro de silfides en torno de la figura materna y el recuerdo de un padre distante luchando en pozos y  taladros petroleros para que llegara el sustento a la familia.
   La pobreza campeaba en la humilde casa que jamás recibía el salario que manos extrañas disfrutaban, llenando días y noches de silenciosa miseria. pero el alma fuerte de la vieja no dejaba que la sonrisa de sus hijas se borrara. La vida igual se comía con agua y recuerdos de pan dulce, con un cafecito marrón todos los días.

  -¡¡Mira mijita!! Apúrate y ponte a destapar las cajas, que mamaita ya dijo que hay que poné el pesebre.

  -Primera vez en mi vida que en esta casa se pone este coroto sin parranda. ¡Ni al santo del caracol lo hemos  bailao  todavía!

   -Ay Lencho si vas a ayudar hazlo, pero que no te oiga máma porque te ganas una pezcozá.

   En el cuarto de los tesoros ancestrales de la anciana estaban las cajas que contenían toda una historia. Las imágenes envueltas en papel periódico de los tiempos de la guerra federal eran sacadas y limpiadas cuidadosamente.  El suave lecho de musgo era arena de la playa. El follaje eran macetas de helechos y flores silvestres que hacían marco a los caminitos bordeados de conchas y caracoles. Vacas y ovejas de cerámica pastando en las laderas hechas de papel y cartón, la concha más grande y nacarada en el centro del pesebre era la cuna del niño Dios.

  -Gimena... -Blanca Rosa bajó la cabeza. -No tenemos luces para que brille nuestra virgencita.

  -No las necesitamos Blanca, -Gimena levantó la voz decidida. -Los cocuyos en la noche vendrán a iluminarla.

   Un día entero de faena; Al anochecer el pesebre ocupaba toda la sala y la gente que pasaba por la calle admiraba lo hermoso que era. Las muchachas cansadas y hambrientas se bañaban en el patio, discretamente guardado por la penumbra que ya cubría casas, calles y veredas. Se vistieron con sus batas de dormir para sentarse junto a su madre venerada y rezar a solas con creciente fervor el primer rosario al pesebre de la familia.

  Va dejándose escuchar el murmullo de las letanías que mi madre desde pequeña rezaba junto a mi abuela. La dulce oración que viaja a través del tiempo y suaviza el paso de la vida. El remedo de un recuerdo llenando mis letras con la fragancia de la brisa salada y recoge el eco de un poema que quizás algún día se escriba.
  -Gracias Virgen del Valle… ¡Amén! Tapen al niño mis hijas -Claudia sonreía satisfecha- El veinticinco nace papá Dios y viene el primo Diógenes con el cajón. Le cantaremos su parranda caracolera.

   -Si máma. Dijeron todas a una: ¡Bendición!

  -Dios me las bendiga mijitas. A dormir, que ya las gallinas se echaron hace rato y los cocuyos llegan.

sábado, 24 de septiembre de 2011

COLUMBA Y CRISTO GALLARTE

En el pueblo de El Tirano, Columba Maneiro era la moza más agraciada. Su belleza dejaba pasmados a los capucos de la salina que se escondían presurosos cuando ella pasaba caminando y meneando las caderas con donaire. Todos los muchachos la codiciaban en silencio, pero su padre, Ernesto Maneiro, celosísimo guardián de la muchacha, no permitía que ningún joven se le acercase.
Columba estudiaba corte y costura. En sus planes estaba montar un taller  para hacer los más bellos vestidos domingueros que algún día lucirían todas  las distinguidas viejas de El Tirano. Dulce, temerosa de Dios, buena hija como ninguna, todos los domingos era la delicia del pueblo que ansiosamente se apelotonaba a la entrada de la iglesia donde religiosamente iba en compañía de su padre.
El domingo que le cambió la vida a Columba cayó como un centellazo en pleno rosario de resurrección, cuando miró de frente los ojos verdes de un adonis surgido de la espuma, que fijamente la miraba en la puerta de la iglesia y que la fulminó de amor en un instante.

  -Goyita, negra- dijo a la prima que estaba sentada a su lado.- ¿Quién es ese?

  -Pues quien va a ser Columba -respondió la prima encogiéndose de hombros. -El hijo de Asunción, Cristo. Llegó ayer en la mañana de Trinidad.

  -Dios... -Columba susurró- ¡Ese yaguarey me lo como así me puye!

Los siguientes días fueron una sucesión de eventos desafortunados. Besos escondidos en la plaza, gritos y jadeos en lo oscurito de la playa. Una bolsa de ropa escondida debajo de la cama, una fuga romántica en brazos del amante en la madrugada y un infarto del padre amoroso que armado de una escopeta gritaba en medio de la calle antes de caer fulminado:

-De mi reino saliste, Columba Maneiro, ¡por puta y malagradecida!

Al viejo lo enterraron en medio de una marejada de llanto y chismes por doquier. Lo que más se escuchaba en pleno velorio aparte de lo bello que era Cristo Gallarte eran las típicas voces agoreras:

-¡Mira mijita! Esos amores están malditos desde la hora en que la hija mató al padre del disgusto. ¡Tan asiá!

-Cállate, boca abierta, ¡Si tú andabas detrás de él también!

Columba se fue a vivir con Cristo en la casa de la suegra, se casaron calladitos en la prefectura de El tirano sin mayores preámbulos. Por la iglesia no lo hicieron pues francamente no pudieron, el cura dejo de hablarle a Columba y se buscó otra devota que le llamara fieles a su misa dominical.
Pasaron los años, pasó la juventud y la belleza se disuelve en vapores de fantasía. El sexo desaforado que tanto los unió poco a poco fue decayendo hasta desaparecer un día y ni como recuerdo quedó. Cristo que era un joven trabajador se dedicó a envejecer bebiendo ron todos los días. Columba desapareció en un mar de carne y gordura. Al final lo que era la pareja más bella de El tirano degeneraron en un sapo beodo y una valkiria vengadora.

¡Cuántos besos se mandaron al cipote!. El Tirano goza todos los Domingos con los escándalos de una Columba monumental sacando a carajazo limpio del bar del pueblo al pobre marido, que otrora fuera el más bello de los hombres.
De cristo ni siquiera quedaron los clavos. De las ardientes frases de amor solo ha quedado el cansancio y el triste cuadro de un pueblo muerto de risa viendo a una mujer obstinada del amor meter la cabeza del infeliz marido en una olla llena de sopa, diciéndole:

-¡Y pensar que lo dejé todo por ti, desgraciado!. Ahógate con ese corocoro, muérgano.


NOTA: Corocoro: Pescado.           Capuco: Cangrejo           Yaguarey: Fruto del cardón. espinoso y muy dulce.    

miércoles, 24 de agosto de 2011

EL ASEO



Jueves, 11 de la noche, calle Córdoba. 
Hacia demasiado calor... un calor que quedo pegado en el asfalto como un barniz después de todo un largo día de sol asfixiante.
Grecia caminaba lentamente de un lado a otro, mirando al suelo obstinadamente. Las horas pueden ser eternas cuando quieres fumarte una pistola y no llega ni un solo cliente para salvarte.

–¡Que noche tan ñera! Y yo aquí, sola en la calle más sucia que puede haber.

  Las amigotas de correrías nocturnas pasaron en un reluciente deportivo gris y se detuvieron ante ella.

  –Loca vente, ¡nos vamos de rumba al hotel!

  Grecia sonrió entusiasmada ante la oferta que salvaba su aburrida madrugada . Al acercarse al auto sonó el disparo.
   El impacto la tiró al piso boca arriba. Del ojo izquierdo de Grecia salió un limpio surtidor de sangre que bañó la solitaria esquina.

  Amanecía. Comenzaron a llegar las máquinas del aseo municipal, que tanta falta hacen.

EL METRO

La estación del metro es un caos. La presencia de las horas pico que todo se lo llevan por delante. La gente, sus rostros deformes, cráneos urgidos al caminar buscando llegar a casa.

Magaly se atrinchera en un rincón del vagón, temerosa de que más cuerpos secos la rocen. Un silbido breve se escucha... las puertas automáticamente se cierran, el tren avanza.


Solo bastan dos minutos... dos minutos para que los ojos de las doncellas de Marte se abran. Magaly parpadeó y miró a su alrededor. El mundo conocido había muerto.

El campo del iris se llenó de geranios, con el bestial aroma de los brazos que le daban la bienvenida.

Y los ojos del dios comenzaron a bañar sus entrañas, dejándola desnuda y dormida.

Empezó a sonreír cuando sonaron las sirenas anunciando la llegada a la estación siguiente.

lunes, 15 de agosto de 2011

CAYA Y LA NOVELA

  Juan Griego, Calle Miranda. En la solariega casa de Caya Rosales el silencio era la voz de todos los días. El silencio de los años, esa calma que tienen los rostros de mujeres muy especiales que las hacen lucir aún más hermosas de lo que naturalmente son.
El rostro de Caya era una fuente diáfana de expresividad, tan transparente como sus ojos sin vida y su mundo pequeño, hecho a la medida de una mujer que debía tener todo al alcance de la mano. A sus ochenta y nueve años, totalmente ciega por la catarata, Caya guardaba para su ancianidad dos tesoros de incalculable valor: Su cajita de tabaco trenzado y sus novelas por radio. Las dos cosas que jamás habrían de faltarle en una vida repleta de nietas y recuerdos.

-Meña mija, dime que hora es.
-Máma, son las once y cinco de la mañana, ¡ya faltan diez minutos!
-Apúrate mija. Prende el radio y me arrimas el mecedor bien cerquita para oír bien.
- Si máma... ¡Vente que ya va a empezar!

Poco a poco, llevándola suavemente del brazo hacia la humilde salita, la nieta acomodó a la anciana en la mecedora al lado del radio empotrado en antiquísima madera de caoba, la enorme reliquia familiar que a todo volumen anunciaba el comienzo de la novela estelar por la única estación de radio que se escuchaba fielmente en la casa.

- Mija, en que fue que quedó ayer la comedia...

-¡Ay máma, acuérdate! Terminó justo cuando el bandido del Cornelio Moronta le robó los papeles de la herencia a Leonor para obligarla a que se case con él.

- ¡Ay si ya me acordé! Caya comenzó a emocionarse viendo claramente la escena en medio de las sombras. -Qué hombre tan perverso. ¡Una mujer jamás debe poseerse por la fuerza!
Comenzaron los comerciales anunciando las nuevas hojillas de afeitar de acero templado que solo costaban medio real, la pasta de dientes con flúor y sabor a menta, toda una novedad para gentes que en su vida supieron lo que era ir al dentista.
Caya se apretó las manos de la emoción cuando por fin, el locutor anunció con la teatralidad de las estaciones radiales:

"Y ahora... la novela que tiene en vilo el corazón de las mujeres: VIRGEN DE ALMA"

-Máma ¿quieres que te traiga la comida ya?

- ¡No mija, cómo se te ocurre! Ahorita no me traigas nada. Oye... Ese bandido, ese canalla del Cornelio Moronta quiere perjudicar a esa pobre muchachita. ¡Virgen del Valle, mete tu mano!

Meña sonreía viendo cómo su abuela Caya se indignaba ante la etérea villanía de los personajes noveleros. Solo agregó para que se entusiasmara más:

-¿Quieres café, mi abuela?

- Ay si, mija querida. Tráeme café, ¡Que ya Leonor le dio una cachetada a ese mampleto defendiendo su honra!

Caya vivía con un realismo enternecedor las escenas de una novela de radio que solo duraba treinta minutos. Suyas eran las frases de amor, los besos imaginarios, las voces de historieta que la llevaban a través de valles y montañas, ríos y praderas, un mundo que hacía más de veinte años no pudo volver a ver. 
Caya apretó las manos con impaciencia al oír la tétrica voz del malvado de la historia:

"¡Serás mía Leonor Alvarado! O perderás para siempre la hacienda los Guayabales"

Y Caya saltó del sillón para responder al villano, objeto de toda su antipatía:

- ¡No te dejes agarrar de ese afrentoso, Leonor!, ¡Virgen Del Valle, ayúdala!

En la parte culminante de la imaginaria disputa por la virginidad de una mujer, sonó la fanfarria que dejaba a Caya con la boca abierta, su rostro lleno de sorpresa, sus ojos sin vista irradiando una luz enceguecedora.

"Y mañana... el desenlace de la historia que ha llegado a lo más profundo de sus corazones. VIRGEN DE ALMA!"

-Ay, ya se terminó la comedia. Será hasta mañana que sepamos que va a pasar con esa pobre criatura. Apaga el aparato, mija.

Meña le puso en las blancas manos el tazón de café caliente, que Caya bebió a pequeños sorbos. Al terminarlo dijo a la nieta que esperaba amorosa:

- Ahora si, tráele la comida a esta pobre vieja.

Ya era mediodía. Desde el patio abierto, ráfagas de brisa traían el aroma de las flores de semeruco, la dulce cerecita del oriente que perfumaba toda la casa. Caya lentamente tanteaba el plato y comía los pedazos de pescado y la tela olorosa a maíz tierno, con grato sabor a orilla de la playa.

Comía con los ojos cerrados, sonriendo. Caya siempre sonreía imaginando todo lo que iba a suceder en el capítulo de la comedia del siguiente día.

jueves, 11 de agosto de 2011

EL HIJO DE SAN JONÁS




En la medicatura de San Jonás mártir se formó el zaperoco del año un Lunes, cuando nació el primer hijo de Filomena Govea.
  En un pueblo donde la negrura abunda como las piedras del río y los ojos negros lo primero que se le ve a un muchacho recién nacido, el vástago de Filomena llegó al mundo blanco como la leche y con los ojos azul cielo.
  Azul se puso el doctor, la enfermera, los vecinos, el marido, el alcalde y las viejas lengua larga de un pueblo demasiado pequeño y caliente. Todos a una miraron al único par de ojazos que conocían, tan azulitos como el añil de 2 centavos....
  Atanasio, el cura del pueblo.
  Atanasio, párroco del pueblo desde hacía más de diez años. llegado de la península ibérica con tan solo su juventud y una maleta de cuero gris por todo equipaje. En una década hizo suyas las almas de los fieles pueblerinos y el corazón de sus ingenuas mujeres.
  La ráfaga de chismes y comentarios no pasaron de largo por la puerta de su iglesia, calladamente conservó la calma y espero a que la divina providencia le dijese que hacer para salir del embrollo en que se había metido.
  Y todo por andar dándole catecismo a Filomena en noches azules de luna creciente, en una sacristía plagada de santos cómplices.
  El día domingo el curita Atanasio se puso su sotana roja de gala y se preparó a celebrar la misa. la iglesia se llenó hasta la empuñadura de fieles, averiguadores y chistosos, todos esperando que algo bueno sucediese.

  El cura sabía que lo iban a encarar, que la tardanza era que llegase el ofendido marido, machete en mano, para que su adorado ministerio terminase. Con voz pausada y sudando a mares comenzó:
-Antes de celebrar los sagrados misterios reconozcamos...
-Diga de quien es el muchacho padre!!
-Nuestros pecados...
-Ande padre diga!!
-Yo confieso, ante Dios todopoderoso...
-Diga padre de quien es el muchacho!!!
 -Y de quien va a ser hermanos míos- replicó suavemente Atanasio- Es hijo de San Jonás Mártir. Es el hijo de nuestro santo patrón y un milagro de Dios todopoderoso!! Tráiganlo mañana para bautizarle y dar inicio a las fiestas patronales de nuestra comunidad!
  Ni que decir tiene que el pueblo entero se olvidó de hacer más preguntas. Solo quedaba espacio para la fiesta y el aguardiente que correría a cántaros en los próximos días.
  Al niño lo bautizaron en medio de una algarabía popular que duro más de una semana. Hasta el mismo Atanasio, el apacible curita español, en silencio daba gracias a San Jonás por salvarle el pellejo y la sotana.
  Así decidió solemnemente Atanasio en sagrado secreto de confesión, seguir sembrando la semilla de Dios.
  En los siguientes años, brotaron de lo más profundo de mi tierra, en cada rincón de mi América mestiza, miles y miles de hijos e hijas de San Jonás Mártir. Los hijos bellos de mi continente adornado de leyendas e historia. De negros cabellos al viento ondeantes, de piel blanca y tersa.
  De ojos cristalinos y limpios que brillan como estrellas... en noches sin luna.

sábado, 2 de julio de 2011

CALYPSO



  Esta historia empezó hace años, el escenario: La noche. La calle se transformaba en caldo de cultivo de personajes de todo tipo. Allí corrió mucho de mi, de esa carrera por sobrevivir y llegar ilesa al día siguiente.
   Era Martes. Muy temprano tuve una pelea terrible. Le partí la cabeza a un transformista que robó a un "amigo" con el que estuve de parranda y naturalmente no se quedó con esa. buscó apoyo y cuatro hombres de tacón y falda se me echaron encima.
    No recuerdo muy bien como empezó todo, pero había que pelear y lo hice como mejor pude. Naturalmente llevé la peor parte, me masacraron. Fueron muchos golpes... Muchos.
    Quedé tendida en mitad de la calle y apenas me dio tiempo para moverme cuando un auto pasó a toda velocidad y a punto estuvo de quitarme la cabeza. Las ratas volaron cuando empezó a salir la gente de las casas para ver que sucedía.
   Logré levantarme de la acera absolutamente ignorante a las manos que intentaban ayudarme. los hice a un lado y comencé a caminar. Uno, dos, tres pasos... intenté correr, pero no pude.
   Apenas vi la reja del porche me sostuve de ella y pude entrar a mi casa... mi casa, lo que quedaba de ella. Subí en una eternidad las escaleras, entré al cuarto de mi infancia convertido en refugio de rateros, no había nadie, me abandonaron al verme caída y rastrera. Nadie se queda con el boxeador que viene de recibir  una  paliza.
   Me senté en una silla ante una pequeña mesa, las únicas dos cosas que en ese cuarto había. Suspiré aliviada y cerrando los ojos descansé un rato. Los efectos de tanto estimulante empezaban a pasar y solo era cuestión de tiempo para que yo también pasara, para que el dolor solo fuera un preámbulo de la muerte.
   Comencé a sentir los golpes y a cada paso de mis manos recorriéndome, revisándome, el dolor crecía y crecía... era insoportable. Entonces, mi mente traicionera empezó a responder y a recordar. Me levante como impulsada como un resorte y grité:
   - La caleta, Dios ¡La caleta!
Me abalancé sobre el escondrijo, el secreto, el Dorado, el anillo de los nibelungos, el oro de Cortéz... En efecto allí estaba, intacto.
 Allí estaba escondido todo el motivo de vivir que para mi existía. Mi droga.
Sin ningún motivo empecé a reír, a reír como una loca.  De repente resucitaron todas mis energías, me reía de todos mis dolores, de las contusiones terribles en mi cara deforme. En medio de mi risa noté la silueta que estaba en la puerta del cuarto y me observaba con ojos abiertos de sorpresa.
     -Calypso -dije en voz muy baja-Llegas a tiempo.
La figura de mujer entró al cuarto y pude distinguirla más claramente. Calypso era impresionante: Unos ojos cafés que eran el sueño de un pintor renacentista, un rostro donde nada estaba colocado al azar, una sonrisa bella y el cuerpo más perfecto que mis ojos hubiesen contemplado jamás. Alta, mórbida y felina. Toda ella era un desafío a las leyes de la genética y la herencia universales.
Cómo pudo salir un ser tan perfecto y hermoso de semejantes padres. La vieja, una escuálida garrapata de un poco mas de un metro y el padre, una abominación. El resultado de la fornicación entre dos seres tan horribles fue aquella Venus surgida de la más insípida espuma. Cómo terminó tan hermosa mujer en las calles entregada a la prostitución, solo ella lo sabía.
Calypso estaba con la boca abierta. Lentamente se acercó mirándome fijamente a la cara. Tomó mi rostro entre sus manos y preguntó:
   - ¿Quien te hizo esta mierda?
   - Las locas de la quinta. Quien más.
   -Tenían que ser ellos. ¡Hijos de puta!
Decidida me tomó del brazo y me empujó hasta la puerta.
   -Vamos al hospital, te vas a morir aquí como una perra.
  -No iré a ningún lado.
  -Coño, ¡estás muy golpeada!
  -Y yo jamás iré al hospital, ¡jamás! mi hermano trabaja allí... ¡jamás dejaré que me vea!!
 Calypso dejó de gritar y me soltó. Nos quedamos mirando y guardamos silencio durante un rato, afuera empezaba a llover y en las calles no quedaba un alma.
   -No deberíamos quedarnos acá... si vuelven esos perros estamos muertas.
   -No creo... a estas alturas ya se han largado de aquí.
   Calypso se acercó a la ventana y miro la solitaria avenida llena de riachuelos de agua.
   -¿Tienes un cigarro? con esta lluvia no puedo trabajar.
   -Cigarro y todo lo que pidas. eres mi invitada.
   Volvió a mirarme perpleja y solo susurró.
   -¿Tienes base?
   -¡Claro! toda la que quieras.
   El beso que me dio en la boca me hizo llorar de dolor. Esa noche la pasamos juntas y sin tocarnos nos amamos con la misma obsesión por burlarnos de la muerte que solo se vive en el mundo callejero. Solo la droga nos unió en esa noche violenta y lluviosa.
   Tiempo después me fui de esos arrabales para nunca más volver, no volví a saber de ella. Pero siempre recuerdo que al final de esa noche bestial aquella mujer de hielo dulcemente me arropó, me abrazó... y se quedó dormida.